El Califato

Lo que los fundamentalistas islámicos intentan es ejercer un poder absoluto sobre sus gobernados e imponer una sumisión que los humanos aceptamos solo si creemos entregarnos a un poder superior.

No pretendo abonar a las desafortunadas aunque frecuentes discusiones que, cortesía de unos y de otros fundamentalismos, explotan hoy por todos lados y a la menor provocación como misiles sobre la franja de Gaza, reflejando más las limitaciones, filias y fobias de quienes las alimentan que cualquier asomo de lucidez sobre el tema. Como nota aclaratoria, diré que mis experiencias tempranas me hicieron reactiva a cualquier organización que exija determinados códigos de conducta o de pensamiento a cambio del privilegio de pertenecer: no practico religión alguna, me gusta seguir un par de deportes pero me importan un reverendo pistache los colores de los equipos y desconfío de toda muestra de patrioterismo nacionalista.

Sobra decir que asumo los fenómenos religiosos como expresiones culturales —es decir, aprendidas y, por ende, mutables— de sus practicantes, más que como eternidades monolíticas dictadas por una u otra divinidad. Por ende, no me parece que lo perpetrado por los salvajes de Isis y sus compinches de Boko Haram deba discutirse o juzgarse como propio o no, como estereotípico o no, de una u otra denominación religiosa o pueblo, como si unos fueran los buenos y otros los malos en una torcida especie de destino manifiesto geográfico, sino por el apego o rompimiento con el respeto a los derechos humanos más fundamentales de esos grupos en particular.

Quizá convenga recordar la historia: el Islam de quienes hoy piden regresar al Califato, justificando el asesinato y avasallamiento de los infieles, se parece mucho más al oscuro cristianismo medieval, que lanzaba cruzadas e inquisiciones y cuyos códigos civiles se gestaban en las abadías, equiparando pecados con delitos, que al Islam de esa misma época, practicado en los reinos del Levante por los omeyas y los posteriores abásides que, sin dejar de ser oligarcas autoritarios —la Carta Magna y la guerra de independencia que gestó la primera democracia representativa universal de nuestra historia estaban aún a siglos de distancia—, favorecían la ilustración y la ciencia, gobernaban ciudades multiculturales donde las comunidades hebreas florecían, y eran patronos de universidades y ávidos recopiladores del conocimiento astronómico y médico de los griegos que fue originalmente destruido por los obispos católicos que, en Alejandría y más allá, se dedicaron a quemar por igual a los textos y tratados como a sus guardianes e investigadores.

No me parece que los fundamentalistas islámicos que dicen querer regresar al Califato busquen, en modo alguno, nada parecido a lo anterior. Lo que intentan es, usando una particular denominación religiosa como coartada, ejercer un poder absoluto sobre sus gobernados e imponer una sumisión que los humanos aceptamos solo si creemos entregarnos a un poder superior; como antes hizo la Iglesia en la Edad Oscura.

Al final, quienes vivimos en sociedades relativamente democráticas y modernas no tenemos por qué sentirnos superiores: quizá acotadamente, pero incluso donde se supone hay separación entre Iglesia y Estado, el demonio de la irracionalidad humana está allí. Es cierto que la cultura islámica de los antiguos califatos, donde florecieron Avicena, Averroes y el judío Maimónides, donde se construyó la Alhambra y la mezquita de Córdoba, no se parece en nada a lo que vociferan Al Qaeda o Isis, pero tampoco se queman hoy brujas en las plazas de Europa: se puede caminar para adelante igual que para atrás, y no podemos darnos el lujo de olvidarlo quienes contemplamos esa barbarie absoluta desde nuestras frágiles atalayas.

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