Ayotzinapa, la cortina de humo

El clamor popular apunta con dedo de fuego al Presidente y pide su renuncia, aunque la única culpa realmente atribuible a él sea la omisión, la misma que sigue privando en otras regiones igual de abandonadas y violentadas que Tierra Caliente.

No, no es asunto de que superemos nada, aun en el caso de que fuera posible o, siquiera, la intención. Pero sería prudente levantar un poco la cabeza del horror hipnótico desde Iguala, porque los problemas de México no terminan en Ayotzinapa.

En lo que hoy parece haber sido hace mucho, mucho tiempo y en una galaxia muy, muy lejana, la reforma energética despertó a los espantapájaros de costumbre que amenazaron con el fin de la soberanía y el robo del siglo versión 2014. Podrían haberse ahorrado los panchos, que el petróleo tiene rato de haber comenzado a tasarse a la baja en cuanto a importancias estratégicas geopolíticas; Estados Unidos, nuestro principal cliente, ya produce lo mismo que nosotros gracias a la extracción por fracking y a inicios de este año, por primera vez, la balanza entre importaciones y exportaciones con los gringos nos fue negativa; el crudo mexicano es cada vez más escaso y más pesado, o de peor calidad y más barato; Pemex tiene décadas de ser ineficiente y corrupta, empequeñeciendo así las ganancias de la nación más de lo que pudiera jamás hacerlo cualquier competencia; la industria automotriz, la que más consume gasolina en el mundo, ya ve viables a corto plazo los coches de combustible de hidrógeno, con BMW, Honda, Toyota, Daimler y Hyundai entre quienes tienen prototipos funcionando —Honda ya los produce en serie; limitada, pero serie—, sin hablar de los cada vez más eficientes y baratos coches eléctricos. Y no, no es que lo peor vaya a llegar en la siguiente década: el precio del crudo mexicano ha perdido poco más de 40% de su valor en lo que va del año.

Para aterrizar, el barril ayer lunes andaba por los 65 dólares, cuando nuestro presupuesto fue calculado sobre los 90. El dólar araña los 15 pesos por unidad. La deuda ha crecido en alrededor de un 50 por ciento y no se ve que vaya a achicarse, y menos ahora, cuando se ofreció de repente rescatar de la violencia, de la miseria y, sobre todo, de la mala imagen que causa a la presente administración un sureste mexicano que no hemos podido levantar en siglos. Las expectativas de crecimiento para el país fueron recortadas por enésima vez para quedar entre 2 y 2.8 por ciento, desde un 4 por ciento que todos auguraban cuando nos preparábamos para administrar la abundancia —ah, qué tiempos aquellos—, y los grandes inversionistas internacionales, ante el crimen organizado, los anarcos, la frágil viabilidad práctica de las reformas, la corrupción endémica, la mediocridad como estándar, un estado de derecho incierto y unos contratos de regular tamaño que se cancelan aunque, en palabras de Gerardo Ruiz Esparza, el secretario de Comunicaciones y Transportes, se hayan hecho “en estricto apego a la legalidad”, la pensarán mucho antes de osar ensuciar nuestras arquitas con su cochino dinero.

Mientras esto pasa, todos estamos mirando a Iguala. El clamor popular, sobre todo en la Ciudad de México, apunta con dedo de fuego al Presidente de la República y pide su renuncia, aunque la única culpa realmente atribuible a él sea la omisión; la misma de todos sus predecesores y la misma que sigue privando en otras regiones igual de abandonadas y de violentadas que Tierra Caliente sin que nadie haga operativos ni marchas por ellas. De lo que sí es directamente responsable Enrique Peña Nieto es de la conducción económica del país; ojalá no le tengamos que pedir pronto una renuncia sustentada, ésta sí, en pifias no escrituradas a nombre ajeno.

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