Administrando la abundancia/II

Tal parece que con lo de las reformas fiscal y energética haremos de las nubes terciopelo: lo del vocho y el changarro se va a quedar en cosita de nada. Esto, asumiendo que la presente administración siga anotando tantos de cara a sus adversarios políticos que oscilan entre la ineptitud y la caricatura o, a veces, ambas. Asumamos, pues, que nada cuesta, hasta el infinito y más allá: que pasarán las reformas, que hacienda tendrá recaudaciones récord a partir del siguiente año fiscal, que las inversiones petroleras serán inmediatas y abundantes y que el panorama internacional tendrá perspectivas de crecimiento no vistas desde los años 90. El asunto es que, una vez que nos veamos todos sentados en una montaña de dinero como la de Rico Mac Pato, ¿qué?

Porque una cosa es recaudar y otra generar condiciones sostenibles de prosperidad y riqueza: México destina anualmente cerca de 5% del PIB a educación, promedio que no está muy lejos del de países ricos y con sistemas escolares más que decorosos como Estados Unidos o Alemania, y que supera a similares como Chile o Colombia. El problema es que en nuestro caso cerca de 95% de este presupuesto se va a… salarios y prestaciones. La inversión en infraestructura —como, digamos, ventanas o pizarrones— o en capital humano —por ejemplo, capacitación en uso de tecnología o herramientas pedagógicas— es prácticamente nula.

Este patrón se repite en todos nuestros quehaceres a lo largo y ancho del territorio nacional: ya vimos el reciente estudio de la OCDE indicando que los mexicanos trabajamos más horas que todos los países miembros, pero, a la vez, que somos los menos productivos. Y es que el desarrollo no solo es asunto de cantidades, sino de calidades; falta preguntar, con los antecedentes que nos cargamos, ¿qué va a hacer la presente administración con nuestros próximamente abundantes impuestos para que dejemos el eterno membrete de país en vías de? ¿Va a construirnos carreteras que no se llenen de baches al primer aguacero? ¿Va a brindarnos seguridad en las zonas hoy copadas por la delincuencia organizada? ¿Va a eliminar los apagones? ¿Va a ampliar y mejorar la deplorable cobertura de salud pública? ¿Va a desmantelar los grupos de interés parásitos y corruptos? ¿O le va a seguir pagando sin recibo a Antorcha Campesina, a la CNTE, al responsable de la suavicrema y a los asnos de la SEP-Conaliteg que entregaron libros de texto con más de cien errores ortográficos?

Ah, qué tiempos aquellos, dirán los bienpensantes; después de todo, mucho de lo anterior es achacable al gobierno de Calderón, el espurio, el asesino de la narcoguerra. Con la pena, pero los de la Academia Mexicana de la Lengua tendrán a bien corregir, además de los libros cortesía de Fernando González, antes director de la Subsecretaría de Educación Básica gracias a su parentesco político con Elba Esther Gordillo, los cerca de 300 errores contenidos en las placas e identificadores de los monumentos y obras de arte que abundan en el histórico edificio de la Secretaría de Educación, algunos de los cuales fueron grabados en épocas de jauja cuando, por el descubrimiento de yacimientos petroleros, por aperturas comerciales o por impulsos al desarrollo industrial, México estuvo al borde de convertirse en una riquísima potencia mundial.

Más o menos como cada década desde los albores de nuestra historia.

Twitter: @robertayque