Opinión

La paradoja del poder político

Su desvinculación social de los partidos políticos, es decir, la falta de representatividad efectiva, ha sido sustituida por la mercadotecnia política y el interés electoral, de ahí que proliferan las alianzas de partidos a conveniencia de las cúpulas directivas, pese a que las características de los partidos, sus programas, ideologías y proyectos sean opuestos. La disputa por el poder político se inscribe en una paradoja: un afán desmedido por alcanzarlo y una incapacidad creciente para ejercerlo.

El resultado es la confusión que hoy caracteriza la vida política nacional.

La inseguridad pública es su más clara expresión y prueba evidente de que el Estado está fallando en la principal de sus responsabilidades -darle confianza y seguridad al pueblo-. El panorama se complica si agregamos la confrontación constante entre poderes, entre niveles de gobierno y con los sectores sociales, económicos y políticos.

La realidad mexicana se empeña en mostrarse plena en contradicciones, en desigualdades y carencias y, lo peor, sin conductos y liderazgos reales que impulsen el análisis razonado y el debate político de altura para pensar y reorientar esta realidad compleja.

Así entonces, nuevamente nos encontramos en un cruce de caminos. La decisión de cuál tomar no es fácil pues cualquiera de las vías está sembrada de riesgos, conflictos y sacrificios.

Actualmente la mayoría -por no decir todos- los mexicanos nos sentimos del mismo modo y nos preguntamos "¿qué hacer entonces?". Desde mi punto de vista lo más razonable sería aceptar la realidad y junto con la verdad exigir que los riesgos, conflictos y el sacrificio tengan sentido, es decir, que conduzcan efectivamente al país en conjunto, no sólo a grupos privilegiados, a los beneficios de desarrollo, a la equidad, a la seguridad y la justicia. Este es el reto principal de la política con la sociedad; asumirlo implica, en principio, recuperar el valor que ha perdido: la honestidad, no sólo en cuanto a su conducta ética sino también a la manera de dialogar con la sociedad, pues involucra cambiar la propaganda por la verdad y el compromiso social. Poner el diálogo en el centro de la democracia conlleva alentar la participación consciente e informada de la sociedad y pasar de la democracia puramente electoral a la democracia madura y efectiva. En otros términos: hacer de la democracia una vía para acceder a la verdad y la justicia.

El punto central es la elaboración de un proyecto nacional que nos lleve efectivamente a una transición concertada por las principales fuerzas políticas, económicas y sociales del país. Un nuevo proyecto nacional que concilie necesidades internas con exigencias de las nuevas condiciones internacionales y sea fundamento y expresión de una nueva cultura.

Un proyecto así pasa necesariamente una revisión histórica, por la revisión de pasado y presente para comprender nuestras fortalezas y debilidades, para eliminar falsedades y encarar conscientemente nuestros principales problemas.