Opinión

La obediencia, uno de los males de la sociedad

Los gobiernos de las sociedades actuales se han encargado de que sus integrantes -ciudadanos o no- en el mejor de los casos, obedezcan las leyes por el hecho de serlo. Respetarlas y cumplir con ellas está bien, porque sin duda una sociedad sin normas no podría tener orden, no tendría límites y, sobre todo, no permitiría una convivencia ordenada; sin embargo, el cumplimiento de esos dogmas no debería ser por obediencia, pues cuando alguien se cansa de obedecer, es cuando se desatan las grandes rebeliones sociales.

La Cultura de la Legalidad tiene tres bases, primera: conocer nuestros mínimos derechos y deberes, conocer las leyes que los contienen, pero eso no implica conformarnos con saber que existen, sino indagar sobre sus cualidades, consecuencias y la relación que guardan tanto con las personas, en su deber de igualdad, como con la sociedad; segunda: respetarlas y cumplirlas (las que nos gustan y las que no pero no por obediencia o miedo sino por convicción), y tercera: ya conscientes, no permitir actos que violen nuestros derechos o los de los demás.

Ahora, resulta común que la sociedad actúe por miedo -real o imaginario- y se una a la crisis de estado para beneficiarse sin importar el mal que causa a sus compatriotas. Esa fuerza, que es una de las más grandes que podemos desarrollar, motiva a la sociedad a obedecer las normas impuestas, pues están presentes en la radio, televisión y redes sociales. Es, indudablemente, un método eficaz que ha permitido el empoderamiento de ciertos grupos para el manejo de los que se ha creído son los más débiles o sobre quienes se cree tener poder: gobierno-sociedad, docentes-alumnos, padres e hijos, ricos y pobres, malos y buenos, entre otros. Se les ha amenazado con penas, castigos, malas percepciones sociales con alto grado de gravedad; luego se les castiga un poco menos y quedan finalmente agradecidos. No nos hemos dado cuenta que tenemos libertad y consciencia para tomar decisiones propias.