Opinión

La disputa del poder, un afán desmedido

Los procesos de globalización conllevan una crisis de la política tradicional en tanto cuestiona profundamente la función del Estado, los conceptos nación y soberanía y otros tantos aspectos que subyacen en ellos, como el de territorialidad y gobierno.

En países como el nuestro, caracterizados por una fuerte dependencia de los centros de poder, las transformaciones mundiales han propiciado modificaciones aceleradas en casi todos los órdenes, muchas veces impuestas y sin los suficientes periodos de discusión y valoración, y por desgracia poco justas para grandes sectores de la sociedad que han visto disminuir aceleradamente sus estándares de vida y sumergir su destino en la pobreza y marginación. Hoy nuestras sociedades, pese a su elección por la democracia y la economía de mercado, padecen altos índices de inseguridad y una vida caracterizada por el malestar y la incertidumbre.

La globalización ha acarreado problemas pero también beneficios que en otros momentos de la vida del país eran más difíciles de alcanzar. En este sentido debemos entender la globalización como un fenómeno que no se reduce únicamente a los intereses del mercado y deja afuera de la economía la acción reguladora del Estado, de las fuerzas sociales, de la política y de la cultura.

En México, las crisis económicas recurrentes derivadas de insuficiencias y errores, la trasformación de las funciones del gobierno y su desgaste político están entre las causas que han propiciado la pérdida de competitividad de nuestro país, estancándose en niveles ínfimos de crecimiento y la política ha caído en descrédito.

Entre las exigencias está también la desarticulación del corporativismo y la reestructuración de los partidos políticos. No es extraño entonces que todos los partidos políticos mexicanos presenten una aguda descomposición, evidente en casos de corrupción, crisis y divisiones internas, desvanecimiento de sus características ideológicas y programáticas, falta de representatividad y, lo más grave, ausencia de credibilidad social.

Su desvinculación social, es decir, la falta de representatividad efectiva, ha sido sustituida por la mercadotecnia política y el interés electoral, es ahí que proliferan las alianzas de partidos a conveniencia de las cúpulas directivas, pese a que las características de los partidos, sus programas, ideologías y proyectos sean opuestos. La disputa por el poder político se inscribe en una paradoja: un afán desmedido por alcanzar y una capacidad creciente por ejercerlo.

El resultado es la confusión que hoy caracteriza la vida política nacional. La inseguridad pública es su más clara expresión y prueba evidente de que el Estado está fallando en la principal de sus responsabilidades. El panorama se complica si agregamos la confrontación constante.

Así, la realidad mexicana se empeña en mostrarse plena en contradicciones, desigualdades y carencias y, lo peor, sin conductos y liderazgos reales que impulsen el análisis razonado y el debate político de altura para pensar y reorientar esta realidad compleja.