Opinión

La búsqueda de la identidad nacional

Cualquier hombre o mujer nace en un espacio y en un tiempo determinados, pero aunque las particularidades de ese tiempo y de ese lugar no importan para definirlo como ser humano, son decisivas en tanto lo definen como un ser histórico. La historia, en esencia, se interesa por las particularidades, por las diferencias.

¿Qué somos? Responder a este cuestionamiento que somos seres racionales no es plenamente satisfactorio pues más que indagar por el qué, nos preguntamos por el quién: eso que soy yo y no el otro. El qué universaliza, el quién distingue.

Tiempos y espacio son coordenadas para situar puntos donde se cruzan los rasgos particulares, desde el color de la piel hasta el sentido de nuestros sueños y pesadillas. Por eso, la búsqueda de la identidad nos lleva a ese terreno íntimo, llamado tradición, cultura o historia para ver y descifrar nuestras propias huellas.

La búsqueda insistente de la identidad nacional es un rasgo presente en diversos momentos tanto en los pueblos dominados como en las propias metrópolis, pero entre ellos hay una diferencia notable: quienes dominan no ponen en duda la existencia ni la legitimidad de su cultura; en los subyugados la pregunta surge en momentos álgidos, de crisis, de sublevación, cuando se buscan en la tradición y en la historia razones que expliquen o fundamenten la intención de construir o defender una cultura propia que reafirme una postura independiente. No sólo se busca un punto de unificación sino justificar una acción política o social. Ese es el sentido de los intentos por descolonizarnos y lo compartimos con numerosos países que lucharon en el XIX y en el XX por su independencia. Pero para pensar lo nuestro recurrimos a la lengua, al pensamiento, a las categorías producidas por otras culturas. Esta es nuestra contradicción, nuestra angustia originaria, lo que aislados o inmersos en el mundo alude a nuestra dependencia e indica también una aspiración: ser como los otros.

El modelo mexicano tuvo logros que se reflejaron en la estabilidad política, el crecimiento económico y avances sociales en la educación, los derechos de los trabajadores, la seguridad pública y ciertas libertades. La esperanza de mejores niveles económicos y sociales para gran parte de la población generaba un ambiente estable tanto en lo político como en lo social. Pero las transformaciones de diverso orden que caracterizan la dinámica internacional contemporánea desde las tres últimas décadas del siglo XX generaron nuevas condiciones que pusieron en tensión las formas de vinculación social de los partidos, las relaciones entre ellos y con las instituciones, y entre los partidos, la sociedad y el gobierno. Sin duda, tenemos un largo camino en la revisión del pasado y del presente para comprender nuestras fortalezas y debilidades, para eliminar falsedades y encarar conscientemente nuestros principales problemas.