Opinión

Vejez, horas de explicación

"Envejecer es como escalar una gran montaña; mientras se sube las fuerzas disminuyen, pero la mirada es más libre, la vista más amplia y serena". Ingmar Bergman.

¿De dónde extraeríamos nuestra experiencia y nuestra sabiduría sin nuestra historia, sin nuestra memoria? ¿No sólo seríamos algo parecido al ser humano? ¿Cómo podríamos preguntarnos qué somos, de dónde venimos o hacia dónde vamos?

Esas sencillas e irresolubles preguntas que toda la historia de la humanidad y su cultura hemos pretendido responder con acierto perderían todo sentido si no nos las hubieran trasmitido, si no nos las hubieran comunicado y confiado nuestros amados, odiados y despreciados hombres y mujeres que conservan casi con frecuencia nuestro propio rostro: los ancianos.

Nuestra reacción con ellos se consume y confunde conforme nos damos cuenta de que es hacia donde ellos están a donde está nuestro destino. Cuando nos damos cuenta de que el secreto de nuestra existencia gira alrededor de algunas cosas que ellos conocen –por lo menos sin tanta pasión- lo primero que nos acude a la mente es que algo debemos inventar para eliminarlos. De manera casi inconsciente los pensamos como objetos inútiles y onerosos: por lo regular los hombres perdemos muy pronto el sentido de la gratitud y la humildad. En los ancianos son síntomas inalienables.

Pero ¿quién es viejo? ¿quién lo dice? ¿quién lo sentencia? ¿por qué todos lo validamos? ¿por qué no cuestionamos si –se dice- que nuestro signo de modernidad es la pregunta? ¿por qué aceptamos una verdad tan frágil sin decir nada? ¿no será que es la solución más fácil y menos atemorizante?

Hoy se habla de los viejos desde la política, la economía, la sociología, la psicología, la geriatría o la gerontología, pero ¿hemos dicho algo nuevo, hemos solucionado algo?

La vejez no es impedimento de nada que no le hayamos endilgado. La vejez, nadie puede hablar en contrario, es un tiempo de creación y recreación; sin embargo, a nosotros sólo nos permite unas horas de reflexión.

Si para allá vamos, entonces ¿por qué no desde ahora revaloramos no el destino de ellos sino el nuestro? La vejez, que de manera inevitable, es nuestro mañana y para muchos nuestro hoy; en algún tiempo sólo se entendía en un sentido: el de la paciencia. Sin embargo, sabemos que los viejos pueden brindar los mejores consejos; su edad es seña y signo suficiente para habilitarnos como consejeros, artistas del concilio. Por tanto, los caminos de la sociedad y la familia están marcados por su experiencia, que no es otra cosa que la capacidad para distinguir y aprehender algo y conservarlo en el registro de nuestra memoria.

Aquí dejo esta breve reflexión pues el tiempo de recreación de nuestra vejez será suficiente: la mejor manera de vivirla es llegando pronto a ella.