El mismo de la otra vez

El paraíso

Sábado por la noche, estoy sentado con mi nieta, está sumamente cansada después de un día lleno de actividades, es impresionante la manera en que los niños hacen rendir los días, toda ella me impresiona, me llena de ternura, sus piernas, sus pies y brazos, los pequeños deditos, una increíble obra de ingeniería y de arte, su corazoncito latiendo aceleradamente, su resistencia a dormir para seguir sacándole provecho a la vida, ¿de alguna manera a esa edad comprenderán que la vida es corta?Me impresiona el sentido de posesión que tienen sobre las cosas que los rodean, pero más me fascina su capacidad de desprendimiento, no se apegan a las cosas, están atentos a todo lo que los rodea, en todo se fijan, aprenden de todo y rápido, son capaces de absorber conocimiento sin necesidad de tanta necedad de nuestra parte.

Me río de aquellos que aseguran que la maldad es una característica del ser humano.

Cuando tienes en tus brazos a un ser humano tan vulnerable, concientizas el hecho de que en algo tan maravilloso no puede haber maldad representada por malos hábitos a menos que la aprendan. Me es imposible pensar que el ser humano es obra de la casualidad, de un “Big bang” o de una mezcla de circunstancias que se conjuntaron en un momento y hora precisos, sé que somos obra de Dios.

Ya es domingo, me encuentro viendo la televisión, mi Mamá con la mirada perdida en un cuadro fruncía el ceño, y mi nieta jugaba con su muñeca “Domitila”, al ver el rostro de mi Mamá, pensé que tal vez tendría frío, así que le pregunte; “¿tienes frío?”. No me contesto, pero la chiquilla que está por cumplir los dos años, entendió perfectamente, sin decir nada, fue a su cuarto por una de sus cobijitas, la extendió y le tapo las piernas a mi Mamá, yo no lo habría hecho mejor.

Tengo que reconocer, que después de unos veinte minutos, la cobija era motivo de jaloneos porque ninguna la quería soltar.

Por la noche, asistí a una misa en dónde se despedía a un Padre, Esposo, Abuelo y Amigo, había llegado el momento de dejar este mundo.

Al final de la misa, una de las hijas hablo sobre lo que su Papá había sembrado y mencionó dos anécdotas, la segunda me impresiono al referir que “su Papá les había confiado en sus últimos días, que era y había sido inmensamente feliz, que difícilmente podría encontrar el paraíso fuera de este mundo”.

Que maravilloso pensamiento, hay quienes viven toda una vida muriendo, quienes buscan sin encontrar porque no logran comprender que el paraíso tiene de TODO, tristeza y alegría, escases y abundancia, enfermedad y salud, fracasos y triunfos, desilusiones y amor y en ese TODO, se encuentra el paraíso. 


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