El mismo de la otra vez

Yogui

El día de hoy, recibí un correo de un primo que vive en el extranjero, me hacía una petición extraña, quería que le platicara algunas cosas de un perro que tuvimos hace muchos años, de inmediato me enganche en su petición, vinieron a mi mente recuerdos de mi infancia y de mi adolescencia, es increíble lo que el recuerdo de un perro puede generar, se me vinieron aromas, imágenes, sentimientos que hacía buen rato estaban alejados de mi ser.
El Yoguí, fue un regalo que me hizo mi Yaya (abuela) cuando yo tenía entre cinco y seis años, no era un cachorro, era ya un perro adulto y no tengo la menor idea de dónde lo habrá sacado ella, seguramente lo recogió de la calle, no le gustaba que lo acariciaran, no era juguetón ni le gustaba estar adentro de la casa, prefería vagar por las calles de Torreón Jardín, corretear carros, perseguir ciclistas y atemorizar a cuanto peatón se le ocurriera invadir su territorio.
Era un perro de no más de treinta centímetros de altura aunque por su actitud él pensaba que era mucho más alto, blanco y greñudo, era sumamente difícil mantenerlo limpio porque le encantaba el lodo y la tierra además, como no le gustaba que lo tocaran, era imposible cepillarlo así que para mantenerlo más o menos presentable, mi Papá lo mandaba seguido a la peluquería a que lo pelaran como frenchpoodle. Cuando llegaba del veterinario, era muy gracioso verlo.
Nunca se dejó querer, a cambio, era un fiel guardián, su tamaño no importaba porque era muy valiente y rápido, hacía demasiado escándalo y era muy leal hacia nosotros y nuestros primos, al menos, nunca nos mordió. Se llamaba Yogui, y su apodo era “la estopa” porque antes de hacerle el corte de pelo, parecía una estopa.
Me siento muy contento de haber recibido ese correo de mi primo porque en verdad que el Yogui me trajo muchos recuerdos de libertad, de amistad, de vida familiar, de las pocas necesidades que tuve cuando fui niño, de lo simple que era la vida, de compartir ropa, zapatos, calzones y calcetines con mis hermanos, de jugar a las canicas, al trompo, al yoyo y al bote pateado.
Nos entreteníamos jugando con lo que teníamos a la mano, una pelota, un palo de escoba, hacíamos teléfonos celulares con un par de latas y una cuerda, difícilmente podíamos permanecer por más de una hora adentro de la casa, todo lo que hacíamos en el exterior representaba una gran variedad de aventuras que se sucedían una tras otra.
Veíamos programas como El Llanero Solitario, Bonanza, El Gran Chaparral, Wild Wild West, prácticamente puros programas de vaqueros y si eran caricaturas, El Pájaro Loco, Tom y Jerry, Los Supersónicos o Los Picapiedra, sin lugar a dudas, tuve una buena infancia acompañado principalmente de mis hermanos y primos. Estos tiempos que vivimos en la actualidad, sin lugar a dudas también tienen su lado bueno, pero me gustaría regresar al momento en que a las marcas no se les daba el valor que hoy en día se les da, o cuando menos que la mayoría de nosotros comprendiéramos que las marcas, no le dan más valor a tú vida.


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