Sentido común

¿Debatir o no debatir?

De acuerdo con la Real Academia de la Lengua Española (RAE) la palabra debate tiene dos acepciones, que a la letra dicen: 1. m. controversia (discusión) y 2. m. Contienda, lucha, combate. Entiéndanse estas acepciones como una confrontación de ideas, una lucha por defender los puntos de vista personales sobre determinados temas y discutir acerca de las maneras en que alguien entiende algún tópico.

En las competencias electorales el significado de debate se ha tergiversado entre quienes pretenden entablar un debate con sus contrincantes políticos y entre quienes dan la vuelta cuando les mencionan la palabra debate. Y eso que desde la primaria enseñan a los estudiantes a debatir; sin embargo, como es algo inusual entre el grueso de la población, incluyendo a los que hacen política, resulta muy complicado organizar uno entre los actuales candidatos a diputados federales de cualquier distrito, aunque solo bastaría con revisar las reglas del juego para poder jugarlo.

Para quienes insisten en trabarse en un debate lo hacen con la idea de exhibir al contrincante con pasajes de su vida personal, política y de trabajo, lo hacen para hacer quedar mal al otro con los errores o defectos que ha tenido a lo largo de su carrera profesional, lo que en lugar de una confrontación y discusión de ideas respecto de algún tema de interés se convierte en ataques personales y denostaciones, preceptos que están ya muy alejados del significado del debate.

Y por el contrario, quienes rehúyen al debate, en realidad están huyendo de esos ataques personales, porque también desconocen el significado de la palabra y en lugar de llegar con ideas sobre un tema para confrontarlas con las de otra persona, llegan a la defensiva por los ataques bajo los que se harán presa. Entendamos además, que un debate tampoco es llegar con una lista de supuestas propuestas o promesas y que cada quien diga lo que piensa que hará de llegar al Congreso de la Unión. No señores, eso tampoco es un debate.

Entonces, a sabiendas de que los candidatos a diputados federales desconocen el término debate o quienes sí saben cómo se hace un debate, pero que a la hora de hacerlo les gana el ataque personal, es preciso preguntar: ¿será buena idea que los candidatos y candidatas actuales se enfrasquen en un debate? A estas alturas de la política sería un encuentro fallido porque no hay un entendimiento real de lo que significa entrarle a un debate; sin embargo, es muy necesario que este ejercicio se comience a cimentar, pero sobre todo que sea regulado, reglamentado y que sea una obligación para quienes buscan algún cargo de elección popular, pues será a partir de los debates (que desde luego deben ser públicos), como el electorado se dará cuenta de la capacidad académica y de dar soluciones a través de las ideas, lo que tendrá una profunda repercusión a la hora de tomar la decisión de por quién votar en la urna, y eso, déjeme le digo, es sentido común.

 

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