Los niños migrantes que nadie vio

Frente a los menores no acompañados, la postura del gobierno mexicano debe ser digna, firme y sensata. Debe haber cooperación, no sumisión.

El ciclo de la migración familiar ha tocado fondo con los niños migrantes no acompañados. En las últimas dos décadas fue escalando, a la par del TLC. Primero emigraba el padre, quien además de garantizar el sustento de la familia, aspiraba con el tiempo a reunirse y vivir con ellos en Estados Unidos.

Después empezó a emigrar todo el núcleo familiar: padre, madre y dos a tres hijos menores. Hace 10 años, con las exportaciones mexicanas al tope, las autopistas del sur de California y de Texas tenían señalamientos advirtiendo a los conductores que extremaran precauciones porque transitaban por una zona de cruce de familias migrantes indocumentadas.

Los letreros perfilaban en fondo rojo y dibujos negros un padre, una madre y un menor, tomados de la mano y corriendo por la autopista. 500 mil migrantes indocumentados llegó a estimar la Border Patrol en 2006. Aquí festejábamos el título de la novena economía mundial y los primeros 10 mexicanos más ricos de Forbes. Las remeses rompían récord y se ubicaban como segunda fuente de divisas.

Después vendría la emigración de madres y mujeres solas, la mayor parte cabezas de familias monoparentales, dejando a los hijos a cargo de las abuelas o tías. Junto con ellos aparecerían los nuevos migrantes: jóvenes urbanos, con educación media y superior, del Valle de México, Veracruz, Tabasco y Campeche. México empezaba a perder porciones del mercado norteamericano frente al Dragón Chino.

Con padres desaparecidos y madres ausentes, la familia migrante, cada vez más vulnerable a los ciclos económicos depresivos, está expulsando lo último de lo último: los menores de edad. Hace cinco años el Colegio de la Frontera Norte publicó los primeros artículos sobre los niños migrantes no acompañados. Eran decenas, no los miles de ahora. Buscaban a sus padres, huían de la pobreza, y ahora del azote de la delincuencia y la inseguridad, que está disolviendo, desde México hasta Honduras, el tejido social primario en las zonas rurales y urbanas mayormente marginadas.

Los niños migrantes no acompañados son la némesis de las políticas migratorias aquí, allá y acullá. Después de ser el presidente que más deportaciones ha realizado en cuatro años (cerca de 2 millones de migrantes indocumentados), el gobierno de Obama no debe extrañarse de que en su territorio tenga ahora niños refugiados y desplazados. Son damnificados de la no-reforma migratoria.

Los gobiernos de Centroamérica tampoco deben rehuir su responsabilidad, al ser ineficaces u omisos en la contención de la delincuencia en su propio territorio y en la promoción del desarrollo económico y social para su población.

En este flujo de políticas migratorias erráticas, México se encuentra en medio. Después de ignorar el problema de los niños no acompañados, ahora lo eleva a máxima prioridad. El manotazo de Washington sobre la “crisis humanitaria” lo reubicó.

El riesgo es que transite de la indiferencia a la servidumbre migratoria. Es decir, que después de “dejar hacer y dejar pasar” en términos de flujos migratorios irregulares, desprotegidos y extremadamente vulnerables de centroamericanos y mexicanos a la frontera norte, ahora se pretenda convertir en una versión extraterritorial de la Border Patrol, actuando en suelo mexicano, con toda la secuela de agresiones, atropellos y violaciones a los derechos elementales de los migrantes.

Frente a los niños migrantes no acompañados, la postura del gobierno mexicano debe ser digna, firme y sensata. Debe haber cooperación, no sumisión. En lugar de jugar el papel de policía transfronterizo, deteniendo niños migrantes centroamericanos y mexicanos en nuestro propio territorio, debe proponer un plan regional integral entre México, Estados Unidos y Centroamérica, para repatriar de manera segura a los infantes, reinsertarlos en sus comunidades de origen, garantizarles alimentación, educación y salud, y detener la violencia y la inseguridad que los está expulsando de sus países. Y una buena manera es empezar por los de casa, es decir, por atender a los miles de niños migrantes mexicanos que cada año viajan acompañados por la indiferencia, la marginación y la segregación.

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