De fosas clandestinas a pozos petroleros

¿Qué clase de energéticos puede salir de un territorio minado por fosas genocidas? Energía sucia, doblemente contaminante.

En San Fernando, Tamaulipas, a lo largo de 2011, se encontraron 214 cuerpos en 13 fosas clandestinas. Despojos de hombres, mujeres y niños que aún esperan su identificación plena, la mayor parte migrantes centroamericanos, pero también mexicanos que tuvieron el infortunio de pasar por esa carretera de la muerte. Testimonios hablan de más fosas, pero nadie quiso seguir removiendo la tierra.

Hoy San Fernando está en el corazón de la mayor cuenca de gas natural en territorio mexicano y al amparo de la reforma energética se prepara para recibir a otros excavadores, con fines menos inhumanos que Los Zetas, pero con idénticos impulsos económicos primarios de dominio, explotación y depredación.

El fin de semana, durante el cuarto encuentro de Organizaciones que Acompañan a Víctimas de Desaparición se planteó el problema ético y judicial que representa la conversión de las fosas clandestinas en pozos petroleros.

Con más de 22 mil personas oficialmente desaparecidas, sus familiares exigen que antes de realizar cualquier perforación en busca de hidrocarburos se constate que no haya restos humanos en los lugares donde existe presunción fundada de inhumaciones ilegales.

Hablamos de 75% del territorio nacional, altamente concentrado en los estados donde pronto habrá “ocupación temporal” de predios en busca de aceite y gas natural: Tamaulipas, Coahuila, Nuevo León y Veracruz. ¿Es una exageración o un sinsentido lo que plantean los familiares de los desaparecidos?

Entre 2006 y 2012, Pemex abrió 174 “pozos exploratorios productivos”, que se tradujeron en 76 nuevos campos de gas y aceite (Anuario Estadístico Pemex 2013, p.15). En el mismo período la Sedena localizó 246 fosas clandestinas con un total de mil 243 cadáveres (El Universal, 24 de agosto 2014).

¿Qué significa esto? Que en los últimos siete años se descubrieron más campos de exterminio y fosas clandestinas que pozos petroleros o campos energéticos, pintando de cuerpo entero el tipo de país que dejaron los gobiernos de la alternancia fallida, y sobre el cual ahora el gobierno de las “reformas estructurales” busca construir un país de modernidad ilusoria, de espejismo económico y de impunidad histórica.

El gobierno busca borrar la época de las tumbas negras con la épica del oro negro. Y para ello echa mano de fábulas de ensueño, que ni siquiera en sus “sueños más salvajes” imaginó el ex presidente Ernesto Zedillo.

Una de esas fábulas contaría el milagro de cómo las fosas se transformaron en pozos.

Había una vez un pueblo cuyo Rey decidió un día iniciar una guerra contra las drogas y el crimen. Fue una guerra de principios morales impecables, pero de errores y horrores implacables. Sacó a los elefantes reales de Palacio para combatir a los mundanos ratones del reino. Al inicio la gente aplaudía. Era muy vistoso y divertido. Pero pronto dejó de serlo. Los ratones asustaron a los elefantes y los elefantes a la gente.

En su abrupta carrera, ratones y elefantes arrasaron propiedades, personas, familias y comunidades enteras. La guerra del miedo dejó más de 70 mil víctimas fatales, 200 mil desplazados y más de 22 mil desaparecidos. Además de un pueblo herido y atemorizado, el saldo de aquella guerra fue la transfiguración del reino en una gigantesca fosa común.

El pueblo cambió de Rey y éste a su vez optó por cambiar de tema. La narrativa no sería más de nota roja, dolor y miedo. Ahora sería aspiracional, de tiempos gloriosos, con viejos paradogmas disfrazados de nuevos paradigmas. El club de los optimistas llegó al poder y la visión cambió. El cuerno medio vacío de la abundancia se vería ahora medio lleno, y las fosas clandestinas ya no arrojarían despojos humanos, sino borbotones de aceite y gas.

Toda fábula es un sucedáneo del presente. Una vía para compensar un pasado de miedo y dolor, y a la vez una salida para dibujar un futuro de gloria y victoria. Sin embargo, el milagro mediante el cual la reforma energética no solo bajará el precio del gas, la luz y la gasolina, sino que transformara las tumbas clandestinas en pozos de aceite y gas, es la más fabulosa de las fábulas políticas mexicanas. Es el punto culminante del reformismo mágico.

¿Qué clase de energéticos puede salir de un territorio minado por fosas genocidas? Energía sucia, doblemente contaminante, tanto por los restos fósiles que se extraerán con fracking, como por la denegación de justicia a los familiares de miles de desaparecidos.

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