El cuarto triunvirato

La historia del país registra cuatro triunviratos: 1) el Supremo Poder Ejecutivo, que gobernó del 1 de abril de 1823 al 10 de octubre de 1824 (18 meses de duración), sirvió de transición para la conformación de la Constitución de 1824 y el arribo del primer presidente constitucional Guadalupe Victoria; 2) la presidencia colegiada de 1829 (duró ocho días, del 23 al 31 de diciembre), simple puente de transición entre el interinato de José María Bocanegra y Anastasio Bustamante; 3) la Junta Superior de Gobierno y Regencia del Imperio (con 12 meses de vida, del 18 de junio de 1863 al 20 de mayo de 1864), preparó la llegada del segundo Emperador de México, Fernando Maximiliano de Habsburgo; 4) el Pacto por México (cumple su primer año la próxima semana y con caducidad en cualquier momento del próximo año, una vez concluidas las reformas energética y política), cuya función básica ha sido facilitar la restauración del PRI en el gobierno.

El primer triunvirato lo iniciaron Pedro Celestino Negrete, Mariano Michelena y Miguel Domínguez (1823); y lo concluyeron Nicolás Bravo, Vicente Guerrero y Guadalupe Victoria (1824). Cada mes se rotaban la presidencia. El segundo estuvo integrado por Pedro Vélez, Luis Quintanar y Lucas Alamán. El tercero estuvo formado por Juan N. Almonte, José Mariano Salas y Antonio de Labastida, en su calidad de arzobispo de México.

El Pacto presenta características esenciales de sus ancestros: rotación periódica del mando; puente transicional entre formas de gobierno; ecualizador de fuerzas políticas e instrumento coyuntural para la consolidación de un grupo de poder emergente, que gobierna en condiciones de precariedad política o parlamentaria.

La diferencia principal es que mientras los triunviratos anteriores estaban compuestos con personajes que representaban a una misma facción política o a grupos de poder de facto, el actual representa a dirigencias partidistas mayoritarias en el Congreso.

Otra diferencia importante es que aquellos triunviratos eran triángulos de poder puros o literales, mientras que el actual es más bien un cuadrilátero o mesa de cuatro patas: dos son prácticamente del mismo grupo en el poder (PRI y el gobierno), y por ello dominan, mientras que los otros dos representan fuerzas divididas y yuxtapuestas, PAN y PRD.

El cuarto triunvirato parece haber cumplido su función transicional y coyuntural cabalmente. Al PRI y al gobierno le sirvió para salir del marasmo de la parálisis legislativa de los últimos 15 años, mientras que al PAN y al PRD les ha servido para ganar una especie de reintegro político o la ilusión de gobernar en coalición, después de que el primero perdió lastimosamente el gobierno, y el segundo compitió en marcada desventaja económica y mediática.

Hoy el triunvirato pactista luce como un salvavidas desinflado y desgastado. Sirvió para que la cúpula política del país sacará algunas de sus reformas, pero no para subir a la ciudadanía al ejercicio de una nueva representación política. De seis reformas prioritarias, una contó con plena aprobación ciudadana (la educativa), dos son vistas como de utilidad para los grupos de poder político o económico, pero no para la población (la política y la de telecomunicaciones); y tres sufren la desaprobación de la ciudadanía (laboral, fiscal y energética).

Lo que sirvió para flotar y nadar durante un año, empieza a ser una rueda de molino al cuello, al grado de poder significar un riesgo de agotamiento y hundimiento. Si con la reforma fiscal empezó la curva de rendimientos decrecientes del pacto, la reforma energética será su posible quiebre o desmembramiento.

El triunvirato pactista podrá pasar a la historia como una victoria de la partidocracia, pero no como un avance para la democratización de la política mexicana.

El primer triunvirato al menos dejó las bases para una nueva Constitución Política en el país, la de 1824, liberal y republicana. Este cuarto triunvirato en cambio será recordado como el mecanismo bajo el cual se restauró el presidencialismo centralizador, al amparo de un reformismo conservador, donde el ganador es una élite política y el perdedor la sociedad mexicana.