La casa o la silla

Entre esas dos cosas, entre el escándalo o la autoridad moral, entre el ostracismo o la reivindicación ciudadana, el mandatario optó por lo primero.

Hubo una vez un presidente en un país llamado “Aquí-no-pasa-nada-hasta-que-un-día-pasa-todo”, que al final de su mandato debió enfrentar una decisión de Estado y de vida: conservar el patrimonio familiar o pasar a la historia como el presidente que intentó transformar a su país.

El patrimonio familiar estaba a la vista de sus compatriotas: cuatro casas en una colina de 11 hectáreas, en una zona semiurbana de la capital del país. En cambio, el espacio en la historia imaginado por el presidente tenía la forma de una modesta silla tallada en madera, coronada con el escudo iconográfico de la Nación y atornillada a la perpetuidad.

En el crepúsculo del poder, el mandatario habría resumido el dilema que enfrentaba de una manera alegórica, “la casa o la silla”.

Pero era más que una simple licencia literaria. El dilema había bajado del cielo como tragedia apocalíptica. Después de cinco años de endeudar al país para poder extraer el oro negro del subsuelo, y entusiasmar a la población con el advenimiento de una “administración de la abundancia” (el equivalente al gas, luz y gasolina baratas de ahora, así como los presuntos miles de empleos bien remunerados de la reforma energética), una caída inesperada del precio del crudo mexicano a 50% de su valor, generaron una devaluación de la moneda y una crisis económica sin precedente. La abundancia llegó, sí, pero en forma de quiebra de empresas, pérdida de ahorros, inflación y desempleo.

La decepción y la rabia de los gobernados se centró entonces en el patrimonio visible, ostensible e injuriante: Lacolina del perro, bautizada popularmente así porque su morador había fallado en “defender el peso como un perro”, como lo había ofrecido unos días antes de aquella megadevaluación de 1982 (de 25 a 45 pesos por dólar). Y en donde,
además, él mismo había colocado un epitafio lapidario: “Presidente que devalúa, se devalúa”.

¿Cómo interpretó el presidente el escarnio popular? ¿Qué pecado había cometido desde el poder, para que la vox pópuli que es vox dei lo enjuiciara de manera tan sumaria y somera? En un ejercicio de autocrítica, desde la soledad de su ex presidencia, identificó dos faltas: “ofender a la sociedad” y “pecar de orgullo”.

“Como presidente cometí el pecado del escándalo… cuando inicié la obra era la época del auge para todos, pero cuando la terminé la economía estaba deteriorada y la sociedad muy irritada con quien consideraba responsable de los males. Eso se llama escándalo. Ofendí a la sociedad, porque lo que en los iniciales tiempos de bonanza era normalidad, en las épocas del fracaso, ostentación. Así de claro y sencillo” (José López Portillo, Mis tiempos, Fernández Editores, 1988, p.1184).

El segundo pecado fue el orgullo. Para recuperar “autoridad moral”, el mandatario se planteó como “catarsis frente a una sociedad ofendida” rematar o traspasar la colina. No lo hizo “porque hubiera sido como reconocer que las casas se debían a acciones indebidas y que el presidente se arrepentía y como que devolvía lo robado. ¡Y eso no! Si se hubiera tratado solo de mantener autoridad moral dentro de una sociedad golpeada por la crisis, así lo hubiera hecho; pero no planteado como la devolución a la sociedad de lo mal habido. Así de simple” (ibídem).

Entre la casa o la silla, entre el escándalo o la autoridad moral, entre el ostracismo o la reivindicación ciudadana, el mandatario optó por lo primero.

¿De dónde obtuvo los recursos el presidente para una colina cuyo costo fue estimado en su momento en 10 millones de dólares?

De un préstamo personal que en su momento le habría hecho un subordinado y empleado político suyo: el jefe del Departamento del Distrito Federal, Carlos Hank González. ¿Cómo se lo pagaría a tan generoso empleado? Con la venta que el ex presidente hiciera de 10 de las 11 hectáreas de la colina, después de fraccionarlas y urbanizarlas (Ibíd. p.1185). ¿Sucedió así? No, porque como el mismo ex presidente explicó, él y su familia decidieron donar esos predios al Fondo Nacional de Reconstrucción por el sismo de 1985 (Ibídem). Es decir, o Carlos Hank perdió su préstamo personal o éste nunca existió y todo fue una simulación.

Años después, la propiedad que con tanto celo había defendido aquel mandatario a grado tal de preferir el escarnio y el escándalo a deshacerse de ella, no quedó en manos ni de él ni de sus hijos, sino de su segunda esposa.

Es decir, al final del camino, ni silla ni casa.

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