Un capo transexenal y bipartidista

Los gobiernos de Fox y Calderón deben ser llamados a cuentas para aclarar su responsabilidad en la edificación y expansión de este impero criminal.

Todo indicaba que iba por un tercer sexenio al hilo, como todo buen poder fáctico. Joaquín El Chapo Guzmán, el capo intocado del panismo, se perfilaba también como el capo del priismo restaurado. Transexenal, bipartidista, por encima de las alternancias del poder público. Como transexenal, multipartidista e inmune a las alternancias políticas es la corrupción que protege y alimenta al crimen organizado.

Phil Jordan, ex director de inteligencia de la DEA en El Paso, Texas, retomó el domingo en Univisión lo que era un señalamiento persistente en algunos sectores de opinión: “El Chapo financió la campaña presidencial de Peña Nieto en México… Eso está documentado en las campañas pasadas del PRI. El Chapo, Caro, todos le dieron dinero a quien estaba corriendo para Presidente. Yo no tengo los papeles pero hay reportes de inteligencia que indican que el cártel del Chapo está muy metido en la política”.

Si esto fue así, ¿por qué entonces el actual gobierno lo captura? “Algo mal pasó entre el PRI y El Chapo Guzmán. Lo que no te puedo decir ahora, porque no sé por qué lo arrestaron, cuando estaba pagando millones de dólares para que no lo arrestaran, como pagó millones de dólares para que lo dejaran salir la última vez. Tiene todo el dinero del mundo”.

Lo constatable y verificable es que el gobierno norteamericano, a raíz de la liberación de Caro Quintero, ejerció una presión puntual y constante sobre el gobierno mexicano para que demostrara su verdadero compromiso contra el crimen organizado, reaprendiendo al capo sinaloense de los años 80, o capturando a alguno de los actuales jefes del cártel de Sinaloa (El Chapo-El Mayo- El Azul).

En este sentido, la siguiente prueba de lealtad y compromiso al que será sometido el gobierno mexicano es la extradición a Estados Unidos de El Chapo. Es altamente probable que la conceda, para evitar a toda costa cualquier señalamiento de contubernio, complicidad o arreglo como el formulado por Phil Jordan.

Quienes no pudieron superar la percepción de que El Chapo fue el capo consentido del panismo fueron los presidentes Vicente Fox y Felipe Calderón.

En efecto, si algún acontecimiento marcó los 12 años del panismo en la Presidencia fue la fuga y posterior encumbramiento del narcotraficante sinaloense.

Los gobiernos de Vicente Fox y de Felipe Calderón no solo fueron incapaces de recapturarlo, sino que el mundo entero vio con azoro el crecimiento, desarrollo y expansión de un imperio criminal bajo esas dos administraciones presidenciales, superior al de Al Capone.

“El delincuente más buscado de México” levantó en las narices de dos gobiernos consecutivos la trasnacional mexicana de las drogas más poderosa y peligrosa en la historia reciente. Sus tentáculos llegaron hasta Australia, pasando por América del Norte, Europa, Norte de África y Asia.

Por ello, los tuits de Fox y Calderón, después de la detención de El Chapo, suenan burlescos y grotescos. Concitan pena ajena. “Felicidades un gran evento; felicidades a todos los cuerpos de seguridad. Que siga el trabajo para resolver los problemas de seguridad”, festinó Fox, a quien se le olvidó que en los primeros días de su gobierno sucedió la fuga en Puente Grande.

“Felicito al Presidente Peña Nieto, al Gral. Cienfuegos y a la SEMAR, por la captura de Joaquín Guzmán. Gran Golpe”, señaló por su parte Calderón, haciendo tabla rasa del hecho de que durante su administración el capo prosperó a tal grado que llegó hasta la revista Forbes como uno de los mexicanos más ricos del mundo.

Quedan allí, como epitafios de esos dos sexenios los cables de WikiLeaks, donde el embajador norteamericano, Carlos Alberto Pascual, no daba crédito de cómo los operativos contra el sinaloense y otros barones de la droga eran abortados una y otra vez por la negligencia, la incompetencia, la descoordinación, pero, de manera especial, por la corrupción.

En este sentido, los gobiernos de Fox y Calderón deben ser llamados a cuentas para explicar lo que hoy es evidente: su responsabilidad jurídica, política e histórica en la edificación y expansión de este imperio criminal, sea por omisión o por comisión (que en este caso, debieron haber sido muy jugosas).

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