Nuestro Yemen del Sur

A la potencia petrolera diseñada por los reformadores de tercera generación le brotó su Yemen del Sur, con su secuela de conflictividad social e ingobernabilidad.

Hace unos días el secretario de Economía, Ildefonso Guajardo, en una conferencia en el ITAM, reveló la frustración que la situación en Guerrero produjo al impulso reformista del gobierno.

“Íbamos muy bien, y en septiembre nos despertaron con un elemento que en el sistema de planeación no estaba al cien por ciento conceptualizado. Ese elemento es un recordatorio de que este país ha tenido un crecimiento desigual”.

Reconoció también que esta desigualdad es ya en un problema de gobernabilidad. “El problema es que, para el Presidente de la República, no es sostenible gobernar un país que prácticamente es dos países en uno… no es posible y no es sostenible seguir teniendo esas disparidades en un mismo territorio” (Reforma, 10 de enero 2015). El secretario seguramente aludía a la desigualdad regional, uno de los varios rostros de la desigualdad en el país.

No es la primera vez que la desigualdad regional frustra un proyecto de modernización económica impulsado por élites neoliberales.

En el porfiriato, Francisco Bulnes, destacado científico, se quejaba en términos similares a los del secretario de Economía. “La desgracia de México es tener la mitad de su cuerpo metido en el fango del atraso, la ignorancia y la pobreza”. Ubicaba al indigenismo como la causa de este retroceso secular: “La raza indígena podría haber progresado junto con México y hasta haber reclamado un primer sitio en el mundo, si no hubiera sido una raza inferior”.

En la declaración del secretario Guajardo no hay tal alucinación racista, pero sí la confesión de un olvido o de una realidad ignorada: la desigualdad estructural del país. De manera implícita, la desigualdad regional entre un México pujante, industrializado y desarrollado en el norte, y un México atrasado, empobrecido y subdesarrollado en el sur. El estereotipo del economicismo neoliberal.

Sirva de consuelo al secretario de Economía que no han sido los únicos en olvidar el dato del crecimiento desigual. Pasar por alto o no tener claro “al cien por ciento” este problema fue el pecado venial del proyecto modernizador de Porfirio Díaz y sus científicos.

En el marco del primer centenario de la Independencia, en 1910, cuando el gobierno de Díaz buscaba proyectar ante el mundo un país que había llegado al progreso, alguien que le comentó al dictador que cómo iban a resolver ante los visitantes extranjeros el problema de los indigentes que colmaban las calles del centro y las colonias de la periferia. Como en su gran mayoría eran indígenas y vestían con taparrabo de manta, la solución fue repartir cientos de pantalones los días previos a los festejos. Podían calzar sus huaraches, pero no la vestimenta de manta.

El segundo gran proyecto de modernización económica neoliberal fue de Carlos Salinas. El salinismo no olvidó en absoluto la desigualdad, simplemente la utilizó como coartada para justificar sus reformas económicas. Así, el problema de la emigración presuntamente se acabaría con un Tratado de Libre Comercio que traería a México los empleos que nuestros paisanos buscaban en Estados Unidos, mientras que el sur rural progresaría con la liberación de las formas de propiedad ejidal y comunal que impedían a millones de campesinos, ejidatarios e indígenas sumarse al “progreso”, es decir, al libre mercado laboral.

La respuesta al reformismo salinista vino de lo más recóndito del sur del país, el 1 de enero de 1994, con el levantamiento indígena del EZLN, que tiró la máscara “modernizadora” de aquel proyecto de poder. ¿Qué pasó con la desigualdad que sería contenida y reducida? A dos décadas, el país es más desigual, está más dividido y existe más violencia.

Hoy parece repetirse la historia. Se reconoce no haber dado la importancia debida al problema del crecimiento desigual, y ya no solo tenemos un problema económico, sino también de gobernabilidad.

Las pruebas están a la vista. Un Guerrero en llamas, un Michoacán en guerra civil irregular y un Oaxaca a punto de ebullición social. A la potencia petrolera diseñada por los reformadores de tercera generación le brotó su Yemen del Sur, con su secuela de debilidad institucional, conflictividad social, guerrilla e ingobernabilidad.

El detalle es que no solo se olvidó el dato duro del crecimiento desigual. También se hizo abstracción de la impunidad, de la corrupción y de la violencia, por lo que hoy dentro y fuera del país existen dudas fundadas sobre los alcances reales de las reformas estructurales. Resultaron ser tan “revolucionarias”, que antes de surtir efecto ya tienen convulsionado al país.

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