Reformismo cesarista

Hay varias formas de medir los alcances de las reformas. La más importante es por sus resultados. Pero éstos no son medibles ni verificables hasta que transcurre un tiempo bastante largo de maduración.

Cuando están en proceso de instrumentación, un criterio útil para evaluarlas es el grado de apoyo/rechazo generado. No es un asunto de intenciones, de popularidad o de valoración ideológica, sino simple y llanamente de legitimidad a secas.

De las reformas en proceso en los últimos 12 meses (esencialmente siete proyectos: laboral, educativa, telecomunicaciones, financiera, fiscal, energética y política), el grado de legitimación ha sido variable. A juzgar por los estudios de opinión difundidos hasta ahora,
la de mayor apoyo ha sido la educativa (rangos de 75-85% de aprobación), mientras que la laboral, la fiscal y la energética (con rangos de 55%-75% de rechazo), han sido las más controversiales.

Si bien es cierto que un proceso de reformas no se hace siempre con las encuestas a favor, también es válido que no todo el tiempo se puede avanzar con la opinión pública en contra. ¿En qué fase se encuentra el actual proceso de reformas en México? Hasta que concluya el ciclo, con todo y sus leyes reglamentarias (por allí del segundo semestre de 2014), se podrá hacer una valoración precisa.

Sin embargo, ya hay indicios claros de que recetar al país una agenda recargada de reformas, en un corto tiempo, ha sido una mala idea, y puede generar un mal peor a aquel que se pretendía curar: de la parálisis que marcó a una generación política podríamos pasar a la alergia ciudadana a las reformas en la próxima década. O peor aún: detonar un sentimiento colectivo anti o contrarreformista en el plazo inmediato.

No hay un manual para instrumentar reformas con amplia aceptación ciudadana. Sin embargo, las experiencias nacionales exitosas (desde España hasta Sudáfrica) parecen haber seguido una ruta planeada y ordenada de “una por una”, en un lapso de tres a seis años, mediadas por algún tipo de proceso electoral intermedio que fungió como referéndum o catalizador para dar los siguientes pasos.

En cambio, los procesos fallidos de reformas de “gran calado” (desde la Rusia de Gorbachov hasta el Brasil de Fernando Collor de Mello) han seguido el patrón de la desesperación, la indigestión, el desencanto y, finalmente, la vulnerabilidad política.

Hasta el momento, el panorama de las actuales reformas es muy claro: han perdido su encanto en el exterior, mientras que al interior están produciendo alergia y urticaria crecientes. La reforma educativa tiene a un sector de maestros en las calles y plazas públicas del país. La reforma fiscal, a un sector de empresarios y a uno de los tres partidos integrantes del Pacto por México (el PAN) amagando con rebelarse y abandonar el pacto. El solo anuncio de una reforma político electoral, que implicaría la centralización de las elecciones locales, ha soliviantado a un grupo de gobernadores del PRI. Mientras que la izquierda se encuentra en plena protesta contra la reforma energética. Como en la Feria de San Fermín, hay muchas reses bravas corriendo por las calles con ganas de cornar.

Ciertamente no hay acción sin reacción. Pero esto no quiere decir que mientras más grandes son las reacciones, las resistencias y las protestas, mejores serán las reformas propuestas.

Hasta ahora el gobierno ha sido habilidoso al neutralizar el descontento de unos con el apoyo de otros. Es una típica forma de operar de los gobiernos cesaristas (una variante del presidencialismo centralizador, que busca librarse de equilibrios y contrapesos paralizantes). La reforma fiscal salió con el apoyo de un sector de la izquierda; mientras que la reforma energética seguramente se impondrá con el apoyo de los partidos de derecha; pero la pregunta clave es si al final del ciclo reformador el gobierno cesarista habrá ampliado, mantenido o disminuido la legitimidad con la que inició su travesía.

Hasta la elección intermedia de 2015 y, de manera concluyente, hasta la presidencial de 2018, sabremos con precisión el saldo político: es decir, si el César se sirvió de los aliados o los aliados del César, y a qué costo. Pero de una cosa debemos estar seguros: en ningún caso los ciudadanos serán los beneficiados de este reformismo cesarista, que mientras más beneficia a unos pocos perjudica a la mayoría.


@ricardomonreala