¿Reformando o deformando?

La inercia del desgaste social y económico ha sido más fuerte que el impulso reformador. Los principales problemas, como la inseguridad, el desempleo y la corrupción, continúan su avance.

En 24 meses (septiembre 2012 a agosto de 2014) se han aprobado 12 reformas relevantes: laboral, transparencia, deuda de entidades federativas, educativa, amparo, telecomunicaciones, competencia económica, político-electoral, fiscal, financiera, energética y del campo (por presentarse).

Hablamos de un ciclo donde lo mismo se impulsaron reformas que tenían 15 años de espera (laboral, energética y amparo), que otras donde no existía algún precedente legislativo (educativa, telecomunicaciones y financiera).

Para algunos, el solo hecho de sacar adelante estas iniciativas es en sí mismo un mérito. Sin embargo, si algo también ha quedado claro en estos meses es que no por mucho reformar se amanece con un país más transformado.

La fuerza inercial del desgaste social y económico ha sido más fuerte que el impulso reformador. Los principales problemas de hace dos años (inseguridad, desempleo y corrupción) no solo siguen siendo los mismos, sino que se han profundizado.

La inseguridad está mutando. Antes las ejecuciones violentas dominaban el panorama. Hoy lo hacen la extorsión, el secuestro y las desapariciones forzadas. El número de ciudadanos que se siente más inseguro en su colonia o que ha sido objeto de algún hecho de inseguridad, como asalto, robo o extorsión telefónica, se incrementó en 20 por ciento en dos años, según mediciones de organizaciones civiles que observan de manera sistemática este problema. La inseguridad no solo pega a la población sino a la economía. En las estimaciones a la baja del PIB del año pasado y en el actual, la inseguridad es la principal causa, junto con el debilitamiento del mercado interno.

Con tasas de crecimiento del PIB de 1.1 en 2103 y un máximo esperado de 2.2 en 2014, el desempleo persiste como problema central. La reforma laboral que traería “600 mil empleos de manera inmediata” no ha logrado conseguirlos en dos años. A eso hay que añadir la precarización de los salarios. De los 400 mil empleos que se han generado en 2014, 60% paga menos de 10 mil pesos mensuales. Mientras que el empleo informal llegó a representar 40% de la población económicamente activa (PEA).

De la corrupción no se han vuelto a ocupar ni el gobierno ni el Congreso, pero sí la realidad. Se ubica entre los tres principales problemas para los ciudadanos. Mediciones nacionales e internacionales se han encargado de consignar su incremento. Más de dos puntos del PIB cuesta este sobreimpuesto, mientras que la Comisión Nacional Anticorrupción quedó como lo que siempre fue: una promesa de campaña electoral. Una gran parte de los problemas de inseguridad, impunidad y desconfianza que afecta a los mexicanos quedaría resuelta si la corrupción se atacara desde sus raíces.

En suma, el fervor reformador no alcanzó para ocuparse de manera explícita de la inseguridad y de la corrupción, mientras que en materia de empleo y crecimiento económico (argumento central de siete de las 12 reformas) sus resultados han sido magros, no macros.

El ciclo reformador que está por concluir es portador de varios vicios ocultos. Uno de ellos es creer que reformando la Constitución y creando instituciones se transforma en automático la realidad. Otro es el manejo laxo del tiempo: el apremio y la manera inconsulta con el que se aprobaron las reformas no se corresponden con la paciencia y la solidaridad que se pide ahora a los mexicanos para cosechar sus beneficios. Uno más es transferir a los ciudadanos y a las empresas el costo económico de estas reformas (los nuevos impuestos y los pasivos laborales de Pemex y CFE, por ejemplo), antes de cosechar sus presuntos beneficios. Por último, no a someter ninguna de estas reformas (especialmente la energética) a la validación del veredicto ciudadano.

Este ciclo está muy lejos de aquel fervor reformador que en su momento encabezaron las generaciones de independentistas y liberales del siglo XIX, o de revolucionarios y reformadores del Estado mexicano del siglo XX.

Por su visión, contenido y forma autoritaria de aplicación, lo que vivimos en los últimos dos años es una variante del reformismo deformista o deformismo reformador que el país ya conoció y padeció en otros momentos, como las reformas borbónicas previas a la independencia, las reformas científicas de Porfirio Díaz y el neoliberalismo social de Carlos Salinas, donde el país no fue transformado para beneficio de muchos, sino solo deformado para el usufructo de unos cuantos.

ricardomonreala@yahoo.com.mx

http://twitter.com/ricardomonreala