Presidencialismo fiscal

La política económica de la actual administración tiene más motivaciones y designios políticos que ciencia económica o econometría.

La asertividad no ha sido la carta fuerte de los pronósticos económicos del gobierno actual. Extraña situación, porque buena parte del gabinete está integrada por economistas competentes.

El crecimiento del PIB, el empleo y el déficit público, para mencionar tres variables sensibles, se han comportado muy diferente a las proyecciones oficiales. De hecho, pocos gobiernos en el planeta son asertivos en estas materias, pero ninguno reporta desviaciones o márgenes de error tan amplios como los que ha tenido el mexicano.

El caso emblemático es la proyección del PIB. El año pasado, la Secretaría de Hacienda modificó cuatro veces a la baja su pronóstico de crecimiento: de 3.9 a 3.5%, de 3.5 a 1.8%, y de 1.8 a 1.4%. Aunque aún no se tiene la cifra final del año pasado, el consenso es que el crecimiento real de 2013 será sensiblemente menor a esa expectativa oficial (de 1 a 1.2%). Entre 3.9 inicial y 1.0 real hay casi un 300% de margen de error.

Para este 2014, la tendencia fallida continúa: el pronóstico gubernamental de crecimiento del PIB fue otra vez de 3.9%, pero el FMI se encargó de corregirla hace pocos días. Ha dicho que en el mejor de los escenarios será de 3%, con todo y reformas estructurales.

El empleo es la segunda variable con sendos desvaríos. En diciembre de 2012 se anunciaron más de un millón de nuevos empleos “mejor pagados”, gracias a la recién aprobada reforma laboral.  Entre enero y noviembre del año pasado, de acuerdo con los reportes del IMSS, apenas se crearon 710 mil nuevas plazas en el país, 24% menos que en el mismo período de 2012, y 30% menor a la estimación oficial. Sin embargo, si restamos los empleos que se perdieron durante el año (con una tasa promedio anual de cesantía de 5%), los empleos realmente nuevos se reducen a 430 mil, lo cual es 60% menos a lo esperado. Un error de cálculo bastante considerable en cualquier escenario macroeconómico.

Es en el déficit público donde el error se convierte en horror. Después de anunciar en diciembre de 2012 una meta de “déficit público cero”, un mensaje de disciplina y orden financiero para la galería neoyorkina de Wall Street, de pronto se pasó a 0.4% de déficit para 2012 y a 1.5% para 2013. Hablamos de la posibilidad de contratar 600 mil mdp de deuda en dos años, mientras que la recaudación fiscal con los nuevos impuestos aportaría únicamente 240 mil mdp. Es decir, tres cuartas partes del gasto público adicional de este año provendrá de préstamos, no de ingresos propios. Algo que no se veía desde hace un cuarto de siglo. El margen de error gubernamental en materia de déficit es de 190%.

¿A qué se deben estos bandazos en los cálculos económicos oficiales? La respuesta es sencilla. La política económica de la actual administración tiene más de motivaciones y designios políticos que de ciencia económica o econometría. Es una modalidad de economía política que ya tuvimos en algún momento de nuestra historia y que se llama “presidencialismo fiscal”, perteneciente al género más amplio de “populismo financiero”.

Un ejemplo memorable de cómo un Presidente reivindicó el gobierno de la política sobre la economía fue Luis Echeverría, cuando cesó al secretario de Hacienda, Hugo B. Margáin (1973), porque éste pretendía que las finanzas públicas se ciñeran a las leyes del mercado: “La política económica se hace en Los Pinos, no en otra parte”.

Otro caso se presentó con López Portillo, cuando cesó a Jorge Díaz Serrano de Pemex, por haber bajado el precio del barril mexicano de petróleo, “sin haber consultado al gabinete económico”, cuando el mercado internacional era el que había determinado su baja.

El decreto presidencial que modifica diversas disposiciones de la “reforma fiscal” del año pasado y el anuncio de un nuevo “pacto fiscal” para el próximo mes, al margen del Congreso de la Unión, junto con los cálculos económicos fallidos sobre crecimiento del PIB, creación de empleos y el déficit público, son señales claras de que el presidencialismo fiscal y el populismo financiero están de regreso.

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