La Presidencia del Valle de México

La intencionalidad electoral no es la única dimensión de este magno proyecto de obras. Detrás hay una visión centralizadora del desarrollo nacional.

En términos de desarrollo regional, el mensaje del segundo Informe presidencial solo tuvo ojos y recursos para el Valle de México. Con excepción de las inversiones para las ciudades de Guadalajara y Monterrey, el grueso del gasto público en infraestructura de movilidad (aeropuerto, metros, trenes y autopistas) destacado en el mensaje se concentró geográficamente en el Valle de México (DF y zona conurbada del Estado de México).

Si bien esta zona concentra 26% de la población nacional y es un territorio de alta densidad sociodemográfica, la atención gubernamental sobre el altiplano dista mucho de ser exclusiva o principalmente económica.

Si alguna región del país ha sido una piedra política y electoral en el zapato de la actual administración, desde la campaña presidencial hasta nuestros días, esa ha sido el Valle de de México. Aquí emergió y creció el movimiento #YoSoy132, aquí perdió votos el PRI como en ninguna otra área, aquí es donde la aprobación presidencial está estancada en rangos de 27 a 32% y aquí es donde Morena y AMLO (la izquierda no pactista) concentran geográficamente una mayor base social de apoyo y simpatía.

De manera adicional, la reforma política del DF, anunciada ya como parte de la agenda legislativa del último período de la LXII Legislatura, imprime un sello y un trasfondo político relevante a ese portafolios de obra pública que asciende a los 50 mil mdp.

Es evidente y manifiesta la urgencia estratégica del gobierno federal de avanzar lo más pronto posible sobre la capital del país y obtener la mayor rentabilidad electoral posible, para sí y para su partido, una vez aprobada la nueva Constitución Política del DF. La toma motorizada del Zócalo y su conversión en un gigantesco estacionamiento al aire libre el pasado 2 de septiembre, donde cada centímetro cuadrado guarda períodos clave de la historia nacional, fue solo un acto reflejo de ese proyecto geopolítico de ocupación de la capital de la República, a cualquier costo y sobre cualquier consideración.

Este proyecto estratégico del gobierno federal se ha visto reforzado por la necesidad táctica y coyuntural que tiene la izquierda de participar de manera separada en los comicios intermedios de 2015, a fin de que Morena pueda obtener su registro como partido político nacional. La eventualidad de una división en el electorado de izquierda en el Valle de México ha abierto los ojos y el apetito del PRI y del gobierno federal para este eventual regreso y reposicionamiento en la capital de la República. Sin embargo, en este aspecto no hay nada escrito, dado el abigarrado comportamiento electoral en el Valle de México, donde el voto diferenciado y el switcher suelen modificar resultados de una elección a otra.

Pero la intencionalidad electoral no es la única dimensión evidente de este magno proyecto de infraestructura. Detrás hay una visión centralista y centralizadora del desarrollo nacional. El nuevo AICM, el tren Toluca-Observatorio, la extensión del Metro a Ecatepec y a Chalco (proyectos de hace dos décadas por lo menos), así como la autopista Atizapán-Atlacomulco, darán movilidad a un congestionado Valle de México, pero también acelerarán la construcción de la megapolis más grande del continente americano, en una región donde la sustentabilidad urbana ambiental es una limitante crítica.

Desde el punto de vista del desarrollo regional y hasta de seguridad nacional, tan importante o más que el Valle de México es la instrumentación de obras y proyectos magnos para el sur y sureste del país, una región que presenta un preocupante desfase en todos los indicadores socioeconómicos y políticos respecto del occidente, centro y norte del país. Es la de mayor atraso y rezago en casi todos los órdenes.

Para esta región, donde se asienta 22% de la población nacional y se produce 60% de la energía del país, no hubo ni una paráfrasis de desarrollo. Quedó la impresión de que no está en el radar de prioridades de la actual administración (de hecho, con excepción del estado de Guerrero, son las entidades con menos giras presidenciales, donde Oaxaca destaca con cero visitas).

La urgencia electoral por un lado, anudada a una visión centralista del desarrollo, son los dos pilares sobre los que parece descansar esta modalidad geopolítica de la gestión ejecutiva: la Presidencia del Valle de México.

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