Orgía privatizadora

La reforma energética promovida por el PRI resultó más panista que la del PAN. Por lo que está en duda que la autoría sea realmente de este partido. Más bien estamos frente a la evidencia de una mutación del PRI, un partido más cargado a la derecha que el PAN. Una especie de transformers o depredadores, más que reformadores o constructores.

Hace cinco años, en abril de 2008, Felipe Calderón y su partido presentaron una reforma energética distribuida en cinco iniciativas de ley. El paquete fue conocido como la reforma del tesorito, porque la publicidad oficial revelaba un tesoro escondido en el fondo del mar que la reforma sacaría a flote para beneficio de todos los mexicanos.

Al igual que ahora, el diagnóstico no dejaba duda sobre la urgencia de reformar Pemex: las reservas de hidrocarburos solamente durarían nueve años; la paraestatal no tiene ni el capital ni la tecnología suficientes para perforar en aguas profundas; la inviabilidad financiera y la corrupción sindical le impiden responder al reto de su modernización.

También, igual que ahora, el diagnóstico apocalíptico estuvo acompañado de una campaña mediática, mentirosa y manipuladora, enfatizando que no era privatizadora, y que sería la gran oportunidad para detonar el crecimiento económico, mediante un boom de empleos y la erradicación de la pobreza en el país.

Hoy esa campaña trae un saborizante gaseoso para la población: habrá luz y gas baratos.

Sin embargo, lo que se aprobó la semana pasada va mucho más allá de lo que pedía el PAN hace cinco años.

Por ejemplo, la reforma de Calderón no tocaba un solo artículo de la Constitución; la actual, en cambio, se despachó tres: 25, 27 y 28.

Calderón seguía considerando “estratégica” la explotación del petróleo, es decir, una actividad reservada a Pemex, en tanto que abría el resto del proceso a inversionistas privados, mediante la figura de “permisos”: transporte, distribución, comercialización y petroquímica en general. La reforma de Peña Nieto en cambio incluye exploración, perforación y explotación, todo.

Calderón solo contemplaba la figura de “contratos incentivados”, que se deberían cubrir con dinero en efectivo. Prohibía expresamente pagar en especie. La reforma de hoy, en cambio, contempla también el pago en especie y las famosas licencias petroleras, que permitirán a las empresas privadas extranjeras contabilizar y registrar las reservas como parte de sus activos, es decir, de su propiedad.

La iniciativa de Calderón introducía también los “bonos ciudadanos” y la modalidad de “propiedad social” (es decir, sindicato o cooperativas de trabajadores) en las diversas fases del proceso petrolero, hoy, en cambio, solo se habla de inversionistas privados y se echa de la administración a Romero Deschamps (aplausos), pero se elimina de paso cualquier otro tipo de representación de los trabajadores (silbidos).

Por último, Calderón no contemplaba a la CFE, mientras que hoy es la totalidad del sector energético, agregándose a la definición constitucional de empresa pública el adjetivo de “empresa pública productiva”, sin definir a qué productividad se refiere: productividad en sentido público o productividad en sentido privado, que son dos parámetros muy diferentes.

Esto nos muestra que los priistas de ahora o transformers neopriistas salieron más privatizadores que el propio PAN.

Este neopriismo emprendió la reforma energética inspirado presuntamente en el ideario de Lázaro Cárdenas, pero terminó en los brazos de Porfirio Díaz. En nombre del futuro de México, transitó del pretérito al pospretérito, cuando se expidieron las primeras licencias petroleras a empresas británicas y norteamericanas.

De la visión bucólica del tesorito en aguas profundas se transitó a un verdadero burlesque constitucional, emprendiendo una orgía privatizadora de consecuencias negativas todavía mayores a las experiencias conocidas hasta ahora en el país (“orgía: festín en que se come y bebe inmoderadamente, y se cometen otros excesos; satisfacción viciosa de apetitos o pasiones desenfrenadas”), que solo han servido para transferir y concentrar la riqueza nacional en unas pocas manos, sin que el país crezca y reduzca la desigualdad.

De esta orgía privatizadora, los transformers o demoledores neopriistas habrán de rendir cuentas mediante una consulta popular o en las urnas, como lo prefieran. Pero este atraco a la nación y el atropello a la ciudadanía al no tomar en cuenta su opinión no quedarán impunes.

http://twitter.com/ricardomonreala