Obispos y violencia

Ni las iglesias escapan a la violencia. En enero de este año la agencia Fides, de la Congregación para la Evangelización de los pueblos del Vaticano, advirtió que México era el segundo país más peligroso en América Latina para el ejercicio del sacerdocio, con 22 religiosos católicos asesinados en ocho años, cifra cercana a los 25 sacerdotes muertos de manera violenta en Colombia en el mismo periodo.

Si sumamos los cinco sacerdotes que han sido desaparecidos o asesinados en este año, según denuncia del obispo de Apatzingán, Miguel Patiño, serían 27 sacerdotes victimados, y habríamos rebasado tal vez ya a Colombia.

La inseguridad afecta también el entorno eclesial. El robo en los templos, a los feligreses saliendo de misa, así como las amenazas a religiosos que trabajan en zonas de alto riesgo o que denuncian los atropellos del crimen organizado, también han crecido. En el sexenio pasado, fue el padre Alejandro Solalinde. Hoy es el obispo de Apatzingán.

En este contexto, imposible que la Asamblea de la Conferencia del Episcopado Mexicano que inició ayer no aluda al tema de la violencia y la inseguridad que azota al país y a la comunidad católica en especial.

Desde la época de Abad y Queipo, en el siglo XVIII, los obispos de Michoacán han fijado postura sobre los problemas de la entidad y del país en los momentos críticos. Es una región donde la violencia se vuelve endémica y disruptiva si no es atendida oportunamente desde sus raíces. ¿Cuáles son éstas?

En carta al Rey Carlos III en 1798, Abad y Queipo (maestro y amigo de Miguel Hidalgo, a quien después excomulgaría por los “excesos y abusos” de la revolución de independencia de 1810), señala dos factores:

Después de concluir que una minoría posee la mayor parte de la riqueza y una mayoría se encuentra desposeída y en la miseria, el obispo advierte: “resulta entre ellos (los desposeídos) y la primera clase aquella oposición de intereses y de afectos que es regular entre los que nada tienen y los que lo tienen todo, entre los dependientes y los señores. La envida, el robo, el mal servicio de parte de los unos; el desprecio, la usura, la dureza de parte de los otros. Estas resultas son comunes hasta cierto punto en todo el mundo. Pero en América y en estas tierras suben a muy alto grado, porque no hay graduaciones o medianías; son todos ricos o miserables, nobles o infames”.

A la desigualdad social el obispo añadía la impunidad generada por un sistema de justicia que se había corrompido y se encontraba al servicio de los poderosos. “Los alcaldes mayores no tanto se consideraban jueces como comerciantes, autorizados con un privilegio exclusivo y con la fuerza de ejecutarlos por sí mismos, para comerciar exclusivamente en su provincia y sacar de ella en un quinquenio desde 30 hasta 200 mil pesos… Por necesidad deben prostituir sus empleos, estafar a los pobres y comerciar con los delitos. En tales circunstancias, ¿qué beneficencia, qué protección podrán dispensar estos ministros de la ley a las clases desposeídas? ¿Por qué medios podrán obtener su benevolencia y respeto, cuando es necesaria en sus profesiones la extorsión y la injusticia?”.

Ayer MILENIO Diario reportaba una muestra viva y actual de ese sistema de seguridad y justicia corrompido que Abad y Queipo denunció hace más de dos siglos: la narconómina de Los Templarios, donde se entregan más de 325 mdp al año en sobornos y mordidas a mandos federales y locales. Esto probaría que en Michoacán hasta la delincuencia paga “derecho de piso” a la autoridad “para poder trabajar”.

Ilustra también lo que el obispo de Apatzingán, emulando a Abad y Queipo, denunció epistolarmente hace unos días: “Hasta la fecha no hemos visto la efectividad de su estrategia (de las fuerzas federales y locales), porque no se ha capturado a ninguno de los capos principales del crimen organizado, aun sabiendo dónde se encuentran; prácticamente en su presencia se extorsiona, se cobran cuotas, se secuestra y se levanta a personas”.

Desigualdad e impunidad, el coctel de la violencia que amenaza a la grey católica, a Michoacán, a Guerrero, a más de 250 alcaldes, al país todo, sin que se vea la luz al final del túnel. Hacen bien los obispos en levantar la voz.

@ricardomonreala