El N-INE

Más que amarrarles las manos a los gobernadores en elecciones locales, lo que se requiere es amarrar, fiscalizar y transparentar la cartera de los mismos.

Diversos reportajes y notas informativas han acreditado que el nuevo INE es, en realidad, el viejo IFE. El cuotismo partidista terminó imponiéndose en la elección de consejeros realizado en la Cámara de Diputados.

El PRI logró colocar cinco de 11: Marco Antonio Baños Martínez, Adriana Margarita Favela Herrera, Enrique Andrade González, Beatriz Eugenia Galindo Centeno y al mismo presidente del INE, Lorenzo Córdova, quien se ganó la confianza del PRI al votar en contra de los dictámenes que acreditaron el rebase de los topes de campaña y las denuncias para investigar los recursos ilícitos de aquella promoción ostensiblemente multimillonaria.

El PAN colocó tres: José Roberto Ruiz Saldaña, Benito Nacif Hernández y Arturo Sánchez Gutiérrez, dejando en el camino a María Marván Laborde. Mientras que el PRD impulsó otros tres: Ciro Murayama Rendón, Alejandra Pamela San Martín Ríos y Valles y a Javier Santiago Castillo. 

El cuotismo, principal vicio del IFE, se reflejó en el mismo comité técnico de evaluación, se trasladó a las quintetas de aspirantes y se consumó en la votación del pleno de San Lázaro.

Se desperdició la oportunidad de crear una verdadera autoridad electoral ciudadanizada, autónoma e independiente de la partidocracia. Hoy el INE luce como todo lo contrario a lo que contiene su nombre. Ni es instituto (por ser rehén de la partidocracia) ni nacional (por el carácter centralizado que tendrá la organización y validación de los comicios) ni electoral (sino electorero, por el menoscabo de las funciones constitucionales que necesariamente ocurren en una integración partidizada). Más que INE es un N-INE.

En este reparto partisano destaca la desventaja en la que quedó el PAN, no obstante haber sido el promotor del nuevo INE. Se quedó únicamente con tres de los 11 consejeros (27%). Esto corrobora que en política un partido corretea la liebre y otro u otros distintos son los que hacen estofado de liebre.

El cambio más importante se concentra en una palabra. La sustitución de “Federal” por “Nacional”. La F por la N. Varios diarios publicaron fotografías del antes y después del cambio. En unos minutos, trabajadores del instituto desmontaron la palabra Federal del muro de madera donde sesiona el consejo general y colocaron la palabra Nacional.

Desde el siglo XIX, en plena disputa entre liberales y conservadores por el tipo de gobierno que debería adoptar la nación mexicana, la palabra nacional remite a un poder centralizado, donde no hay estados, sino “departamentos”, “provincias” o “cantones”, subordinados a un “supremo poder nacional” que es la instancia que organiza, valida y legitima la vida pública local.

De esta forma, lo nacional se vuelve sinónimo de central, mientras que lo federal se convierte en su antónimo.

Hay razones históricas de sobra para ilustrar que el federalismo mexicano es todo lo contrario a un régimen democrático y republicano. La más conocida de ellas es que se convirtió en el gobierno de los cacicazgos locales en el siglo XIX, para devenir en el gobierno de los virreyes gubernamentales en el siglo XXI, en la figura de gobernadores autócratas.

Pero también tenemos experiencias perniciosas de que el centralismo político y electoral no resuelve la desviación caciquil o virreinal del poder público local. La mayor parte de los intentos por organizar comicios locales desde un centro nacional, presuntamente superior, supremo e incontrovertible, terminaron en asonadas y levantamientos armados en el siglo XIX, o en acusaciones de fraude electoral en el siglo XX.

De manera ingenua se piensa que al arrebatar la organización y calificación de los comicios a los gobernadores, sobrevendrán de manera automática elecciones locales limpias, transparentes y democráticas. Más que amarrar las manos a los mandatarios locales, lo que se requiere es amarrar, fiscalizar y transparentar la cartera de los mismos antes, durante y después de las elecciones, y esto no lo garantiza un simple cambio de nombre de letra, de IFE a INE.

En cambio, sustituir la F por la N sí denota una tentación centralizadora del poder público, muy a tono con el proyecto restaurador presidencial que promueve en toda América Latina la derecha partisana, representada en México por el Prian.

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