¿'Moving' o 'mobbing' México?

Con tantas resistencias generadas por las reformas del Pacto por México, la pregunta obligada es si estas iniciativas están diseñadas para mover a México (moving) o para fastidiar a los mexicanos (mobbing). Y hay que señalarlo en inglés, porque al parecer es el idioma que entienden mejor algunos de los promotores de estas medidas.

Poco a poco el país se inunda de movilizaciones antimobbing o antirreformas.

Los maestros disidentes se sienten acosados laboralmente porque la reforma educativa pone en riesgo su principal patrimonio: la plaza magisterial. Al grito de “¡con mi plaza no te metes!”, miles de ellos han asediado a la capital del país en la misma medida que el gobierno los asedia a ellos.

Hace unos días, la industria refresquera del país protestó también contra el impuesto especial a las bebidas azucaradas (un peso por litro), y recabó más de un millón de firmas de presuntos afectados por esta medida, con una postura muy parecida a la de los maestros de la CNTE: “¡Con mi chesko no te metes!”

La reforma fiscal está generando también una reacción inimaginable: que el PAN convoque a tomar las calles a todos los mexicanos que se sientan afectados por los posibles nuevos impuestos, que a juzgar por los sondeos de estos días representan entre 45 y 75 por ciento de la población. Estas movilizaciones antimobbing del PAN, además de ser una reacción a la consulta energética propuesta por la izquierda, llevarían por consigna central una demanda muy clasemediera citadina: “¡Con la hipoteca o la renta de mi casa no te metes…, y con la colegiatura de m’ijo, menos!”

¿Y qué decir de la izquierda, que históricamente tiene el monopolio de las movilizaciones antimobbing (hoy amenazado por la pluripartidización del descontento ciudadano)? Sus dirigentes principales, Cuauhtémoc Cárdenas y AMLO, han coincidido en la estrategia a seguir: promover un referendo petrolero, donde el mensaje principal es “¡con el petróleo de todos los mexicanos, ni se te ocurra meterte gobierno!”

Los gobernadores no se quedan atrás. La semana pasada movilizaron a los presidentes de los institutos electorales estatales contra la creación de un IFE nacional, que además de extinguirles sus respectivas plazas laborales, alteraría la estructura del feuderalismo mexicano. El mensaje de este movimiento a los integrantes del Pacto por México fue claro: “¡Con mi parcela de poder no te metes, compadre!”

El colmo de las movilizaciones antimobbing: grupos de damnificados por las tormentas se resisten a ser reubicados de sus lugares de origen. “¡Con la tierra que heredé de mis padres y con mi patrimonio familiar… no te metes!”

El “¡no te metas conmigo ni con lo nuestro!” tiene por lo menos dos orígenes. Uno es la creciente cultura individualista del mexicano de hoy. Políticamente, al mexicano de ahora le importa más su familia, su trabajo, su ingreso y su destino personal (el Yo Posesivo) que el destino de algo tan etéreo y metafísico como parecen serlo la Nación o la Patria (el Nosotros Comunitario). Es nacionalista, en la medida en que la Nación le reporte alguna utilidad a él y a su familia.

Pero la responsabilidad mayor de estas movilizaciones antiacoso es del propio gobierno, por la forma de imponer reformas presuntamente positivas con métodos probadamente aborrecidos. En primer lugar, la consigna de imponer reformas “para el bien del pueblo”, pero sin el pueblo, suena a despotismo ilustrado, no a democracia eficaz. Si todas estas reformas son tan buenas para la sociedad, ¿por qué no permitir que la ciudadanía decida mediante alguno de los instrumentos de la democracia participativa directa (consulta, referendo, plebiscito, iniciativa ciudadana)?

En segundo lugar, la creencia de que reformando la Constitución en automático se transformará la realidad es de una miopía e ingenuidad que no se veía desde la época de los conservadores del siglo XIX.

Por último, el ritmo de los cambios: pretender que en 120 días queden listos los cimientos de un nuevo país, no habla de un reformismo eficaz, sino de una reformitis crónica. La diferencia la estamos viviendo: el reformismo eficaz logra mover a un país hacia un rumbo socialmente aceptado; la reformitis crónica simplemente fastidia a tirios y troyanos, a ricos y pobres, al norte y al sur.

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