Fin de año, fin de Pacto

¿Cuál es el balance del Pacto por México?

Peña Nieto: ganador en primera instancia. De la forma pragmática como obtuvo la Presidencia, saca adelante una agenda de reformas: comprando aquí, negociando allá, cediendo acullá, apretando acá. El pacto le sirvió para sentarse en la silla y amortiguar descensos de popularidad, pero no para anclarse entre la ciudadanía, ya que ésta sigue siendo golpeada por la atonía económica y el deterioro de la seguridad pública.

PRI: perdedor disciplinado. Derrotado en Baja California y exhibidos sus gobernadores en las elecciones locales, el PRI acentuó su naturaleza de apéndice presidencial. En las cámaras fue el soporte legislativo del Ejecutivo, pero en la mesa de negociación fue moneda de cambio. Por ejemplo, la reforma política salió a su pesar, porque la disciplina pesó más.

PAN: perdedor relativo. Perdió la elección presidencial, pero ganó en la negociación pactista. Durante 2013 detuvo su caída electoral, pero en el ánimo ciudadano quedó desdibujado como opción de cambio. Se opuso a una parte de la reforma fiscal, impuso algunas de sus banderas en la reforma política y entregó el cuerpo completo en la reforma energética. Por eso dice que esta reforma lleva su ADN, pero el genoma completo es neopriista, de la subespecie neoliberal salvaje. El Pacto le sirvió para medio salir del pantano.

PRD: ganador apretado. Introdujo algunas banderas en las reformas educativa, telecomunicaciones, política y fiscal. Logró detener el IVA en alimentos y medicinas y obtuvo apoyos para el gobierno del DF, pero fue mayor lo que quedó en el limbo: la Constitución del DF, la ley reglamentaria para la consulta popular y la no privatización de Pemex y CFE. La reforma energética fue el punto de quiebre. El PRD mostró que hay un sector de la izquierda que sí puede llegar a acuerdos, pero ahora falta ver si esa disposición es valorada también por los ciudadanos y en qué grado.

MC y PT: ganadores sin jugar. Para estas expresiones de la izquierda, no sumarse al Pacto significó no deslavarse frente a la ciudadanía. Ganancia nada menor para partidos emergentes. No subirse al tren de la negociación les permitirá ser la voz de los mexicanos que nunca se sintieron representados en el Pacto o que dudaron de sus bondades o que empezarán a resentir sus efectos desde la primera quincena de enero.

Elba Esther Gordillo: perdedora absoluta. Perdió el paso, el piso y la pisada. Los gobiernos del PAN la llevaron a la gloria, mientras el regreso del PRI la llevó a prisión. Se fue la maestra, pero quedaron sus discípulos. Hubo decapitamiento político, pero no renovación sindical. Sin “la maestra” en frente, las normas laborales de los maestros cambiaron, pero no el proyecto pedagógico.

AMLO: ganador in situ. La contingencia cardiaca de AMLO le impidió encabezar físicamente, a pie de plaza, la resistencia a la reforma energética. Pero mostró la integridad y la agudeza de su visión. No solo acertó en el diseño, contenido y dirección de lo que primero calificó como atraco y luego “traición a la Nación”. Acertó también en la fecha en que esto habría de consumarse. Es uno de los que tienen vida después del Pacto.

Cardenismo: ganador histórico. El proyecto inicial de reforma energética del gobierno decíase inspirado en el cardenismo, aunque después terminó a los pies de Porfirio Díaz, quien fue el primer presidente en dar una licencia petrolera a un extranjero. Fue la oportunidad para que
Cuauhtémoc Cárdenas demostrara que sí hay alternativas para modernizar el sector energético, sin privatizarlo ni deformar la Constitución. Ahora Cuauhtémoc tiene desplegada la bandera de la consulta energética, lo que le permitirá navegar más allá del Pacto.

Los poderes fácticos: ganadores de siempre. Cuando parecía que al fin se acotaría a las grandes corporaciones en las telecomunicaciones, a los grandes evasores fiscales, a los grandes sindicatos de rama, al crimen organizado y al resto de la banda ancha de poderes fácticos, se inició el contraflujo: leyes reglamentarias atoradas, consulta popular castrada, decretos fiscales regresivos, entre otras expresiones del gatopardismo político, el real escudo de armas de un pacto que pasó a mejor vida.

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