Casta dorada

Que los sueldos de la alta burocracia se rijan por criterios de mercado y equidad, no por los instintos de voracidad y rapacidad.

¿Cómo se fijan los ingresos de los servidores públicos en la mayor parte de las democracias? Generalmente con dos criterios: uno de mercado y otro de equidad social.

Si el gobierno quiere tener un servicio público profesional en cualquiera de sus ramas ejecutiva, legislativa o judicial, debe entonces contratar profesionales bien preparados y pagarles lo que ganarían en la casa de enfrente, es decir, en el sector privado o en el ejercicio independiente de la profesión. Este criterio de competencia y calidad empuja los salarios de la burocracia hacia arriba, con un tope que el propio mercado profesional establece.

Pero también debe considerar la diferencia específica que significa trabajar en el gobierno, donde el criterio profesional no es la utilidad privada, sino el brindar un servicio público a la comunidad o a la ciudadanía. Este es el criterio de equidad social y, a diferencia del parámetro económico de mercado, empuja los salarios y percepciones de la burocracia hacia abajo o hacia la “honrosa medianía” de la que hablaba Benito Juárez, y que sin muchos aspavientos practican algunos legisladores en democracias avanzadas como Suecia, Francia y la República Checa, donde llegan a sus oficinas en metro, en vehículos particulares modestos o simplemente en taxi.

La “honrosa medianía” no tiene que ver con la mediocridad ni con la simulación, sino con vivir dentro del promedio de vida que llevan los electores a los que se representa, o a los ciudadanos a los cuales se sirve como representante popular, como juez o como autoridad ejecutiva.

Al respecto, el presidente de Uruguay, José Mujica, quien se mueve en un vochito y no tiene avión presidencial, señaló recientemente: “Hay gente que adora la plata y se mete en la política. Si adora tanto la plata, que se meta en el comercio, en la industria, que haga lo que quiera, no es pecado, pero la política es para servir a la gente”.

Pues bien, los sueldos, percepciones, bonos, compensaciones y “haberes de retiro” que recibe la alta burocracia en México (un grupo de mil funcionarios que perciben más de un millón de pesos al año, los mil top de la burocracia dorada) no se apegan ni al criterio económico de mercado, ni al de la equidad social, ni al de la honrosa medianía juarista. El presidente de Uruguay diría que son sueldos para servirse de la gente, no para servir a la gente. Fuera del gobierno, nadie les pagaría lo que cobran por lo que hacen, ni mucho menos por lo que dejan de hacer.

Cuando la diferencia de ingresos entre una trabajadora de limpieza que lustra la silla donde se sienta un magistrado, un diputado, un senador, un director general o un secretario de Estado es 56 veces superior entre uno y otro, ese gobierno está estructuralmente imposibilitado para fomentar una sociedad igualitaria y un país más democrático.

Máxime si la alta burocracia se autoriza incrementos anuales de 20% en promedio a sus sueldos y prestaciones, frente al 4% de aumento de los ingresos de trabajadores de base. Como aconteció a lo largo del sexenio pasado.

Si un gobierno no puede moderar la opulencia y la desigualdad en su propia casa, ¿cómo podrá garantizarla en las empresas, en las ciudades, en el campo, en las regiones y en todo el país?

La diferencia de sueldos y percepciones entre la afanadora que limpia el escritorio del presidente de Francia y Francois Hollande es de 17 veces. La diferencia en el 10 de Downing Street en Londres es de 15 veces. Mientras que en el Palacio de la Moncloa es de 20 veces.

Los sueldos, prestaciones, compensaciones y pensiones vitalicias (heredables a viudas e hijos) de la alta burocracia mexicana no hablan de un aparato del Estado al servicio de la sociedad, sino de una sociedad al servicio de ese aparato sustractor de la renta social.

Así operan precisamente las sociedades de castas, desde los Faraones de Egipto hasta el reino de Sudán, donde trabajar en las altas esferas del gobierno no es una oportunidad de servicio, sino una forma de acceder a una casta dorada y a una suerte de paraíso en la tierra.

Que los sueldos de la alta burocracia se rijan por criterios de mercado y equidad, no por los instintos de voracidad y rapacidad, es la primera de las medidas que podría adoptar un gobierno que dice combatir la desigualdad.

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