Cacahuates por petróleo

El trueque entre reforma política y reforma energética está resultando un intercambio de cacahuates por oro negro.

Por el momento, el ganador de este intercambio desigual es el PAN, quien está logrando sacar desde la oposición lo que nunca pudo como gobierno.

Y no pudo, por la sencilla razón de que el PRI de Roberto Madrazo y Beatriz Paredes le bateó o achicó todas y cada una de las reformas de gran calado que Fox y Calderón presentaron.

Hoy, en cambio, ese PRI que regresó a la Presidencia está de ganga y, con tal de sacar “la madre de todas las reformas”, la energética, le está entregando hasta la ropa interior al PAN.

Solo que la calidad de los bienes públicos intercambiados por este matrimonio político de conveniencia que es el PRIAN no está resultando de gran utilidad y trascendencia para el resto de los mexicanos.

La reforma política en proceso de aprobación por el Congreso no solo es ejemplo de por qué nuestra democracia está condenada a ser inacabada ad perpetum, sino también un ejemplo acabado de cómo hay reformas que deforman la representación ciudadana y constituyen una regresión, no una evolución.

De inicio, esta reforma política fue concebida con un pecado original. Fue una vulgar moneda de cambio entre el gobierno del PRI y el PAN, para mercadear un servicio mayor: la entrega del petróleo de México a intereses privados y extranjeros.

En la época de la Colonia, los conquistadores intercambiaban oro azteca por espejitos españoles. En la época del neocolonialismo, los presuntos reformadores políticos intercambian cacahuates electorales por oro negro.

La reelección de legisladores locales, federales y presidentes municipales es un cacahuate electoral frente a lo que demanda la ciudadanía de nuestro tiempo.

Un 60% de los ciudadanos mexicanos no quiere la reelección de la clase política. Al contrario, un 80% quiere mayor participación ciudadana directa y mayor control ciudadano sobre la clase política a través de instrumentos como la iniciativa ciudadana, el referéndum, la consulta popular, el plebiscito, la revocación de mandato y la urna electrónica.

¿Hay algún planteamiento de esta naturaleza en la actual reforma política? Por supuesto que no.

La transformación del IFE en Instituto Nacional de Elecciones es un cacahuatote. Diríamos que es el cacahuate más caro y onerosos de esta bolsa de parches y remiendos que es la actual reforma política.

Se dice que su creación es para amarrarle las manos a los gobernadores y evitar su intromisión en los procesos electorales locales.

¡Qué ingenuidad! En un proceso electoral, lo que se debe amarrar a los gobernadores son los pies y los bolsillos, más que las manos.

Tal como está diseñado, sobre las rodillas y al vapor, el Instituto Nacional de Elecciones (INE) es una obra maestra de la partidocracia, no de la democracia participativa. Se plantea quitar a los gobernadores el control sobre los institutos electorales locales, solo para transferirlo a los partidos políticos nacionales que dominan el Congreso de la Unión.

Simplemente se transfiere el poder del feuderalismo de los virreyes al centralismo de una oligarquía partidista. Con el agravante de que las prisas y premuras por cambiar al IFE ponen en riesgo la realización de las elecciones locales del próximo año y las federales de 2015. ¿Esto representa un avance democrático?

La transformación de la PGR en Fiscalía General de la Nación es un cacahuate envenenado, por el diseño con que se ha trazado. El Congreso presentará al Ejecutivo una lista de 10 candidatos; el presidente regresará una lista de tres; y entre ellos deberá elegir el Senado al fiscal general de la nación. Quien en todo momento podrá ser destituido por el Presidente.

Con este diseño bipolar, un poder designará al fiscal y otro lo podrá destituir. Habrá un interesante e interesado juego de pelota llamado ping-pong, pero no un mejoramiento de la procuración justicia.

En conclusión, esta reforma política es cacahuatera por dos factores: está diseñada para repartir el poder entre la clase política, no para distribuirlo democráticamente entre la ciudadanía; y ha sido negociada por mercaderes de la política, no por auténticos representantes de la nación; mercaderes que tienen mucho partido pero muy poca patria.

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