Antilogia

México y Estados Unidos: tiempos líquidos

Hace unas semanas murió Zygmunt Bauman, autor de un concepto que capta la incertidumbre y el cambio acelerados que registran la economía, la política y las relaciones sociales en nuestros días: tiempos líquidos.

Paradigmas, valores, estructuras sociales y modos de producción centenarios, que lucían sólidos e inamovibles, empiezan a disolverse y a volverse agua en las manos de los ciudadanos, las corporaciones económicas y el Estado mismo.

“La exposición de los individuos a los caprichos del mercado laboral y de bienes suscita y promueve la división y no la unidad; premia las actitudes competitivas, al tiempo que degrada la colaboración y el trabajo en equipo al rango de estratagemas temporales que deben abandonarse o eliminarse una vez que se hayan agotado sus beneficios. La sociedad se ve y se trata como una ‘red’, en vez de como ‘una estructura’ (menos aún como una ‘totalidad’ sólida): se percibe y se trata como una matriz de conexiones y desconexiones aleatorias y de un número esencialmente infinito de permutaciones posibles”.

El término puede ser útil para entender lo que vivirá México en la llamada era Trump. Habrá un cambio en los paradigmas y parámetros que durante el último cuarto de siglo prevalecieron en la relación México-Estados Unidos.

Esto no parece entenderlo la tradicional clase política nativa, especialmente la “generación Lansing” (políticos del PRI y del PAN educados, formados y colonizados bajo los valores de la cultura estadunidense), que ha quedado pasmada, tal como sucede con un ordenador cuando la memoria RAM se satura. No saben qué hacer ni qué responder ante los tiempos líquidos que amenazan con disolver el pensamiento único, los paradigmas y los parámetros tradicionales de la relación bilateral con Estados Unidos y el resto del mundo.

Cuestión de observar las reacciones de los distintos actores del escenario político. Por un lado, la administración federal busca congraciarse con el nuevo inquilino de la Casa Blanca enviando de manera exprés a El Chapo Guzmán a Estados Unidos, corroborando la percepción construida durante la campaña republicana de que “México solo nos envía criminales, violadores y narcotraficantes peligrosos”, así sea para procesarlos.

Por otro lado, tenemos las actitudes de los aspirantes presidenciales del PAN, que han ido de la arenga nacionalista hueca (declarar a Donald Trump persona non grata), hasta los llamados retóricos al gobierno mexicano “a dejar atrás la tibieza”, pero sin presentar una agenda de acciones y políticas públicas alternativas.

Hasta el momento, AMLO es el único que ha puesto la cara para enfrentar las deportaciones masivas en puerta. Un programa de 10 puntos donde destacan: convertir a los consulados mexicanos en procuradurías de la defensa de los migrantes; la contratación de 100 abogados y traductores en todas las ciudades fronterizas para la defensa jurídica de los migrantes expulsados; declarar zona libre o franca a toda la zona fronteriza norte, a fin de reactivar la economía regional y poder absorber a los migrantes deportados; pero lo más importante: un acuerdo de unidad nacional con el presidente Enrique Peña, para no dar una batalla divididos, confrontados y minados por los tiempos líquidos que tenemos enfrente. Si yo despachara en Los Pinos, le estaría tomando la palabra al opositor “antisistema” más sistemático.

ricardomonreala@yahoo.com.mx

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