Antilogia

El papa de los pobres

De los 264 papas de la Iglesia católica, solo algunos han hecho del voto de pobreza un modo de vida personal, una actitud papal y, lo más importante, una línea pastoral oficial, cuyo equivalente laico sería el concepto "política de Estado".

La primera intervención abiertamente social del Vaticano en el mundo de los Césares modernos fue la de León XIII, con la encíclica Rerum Novarum (De las cosas nuevas, 1891), que estableció las bases de la doctrina social cristiana, la cual serviría de inspiración a los movimientos y partidos políticos de corte democratacristianos en el mundo. En México, los reflejos y ecos seglares de este movimiento fueron la revolución cristera, el sinarquismo, el Partido Demócrata Mexicano y el PAN.

La Rerum Novarum fue la respuesta social y política de la Iglesia a la irrupción de los movimientos comunistas en Europa central y occidental; por ello, al triunfo de la Revolución rusa fue calificada por los simpatizantes de ésta como "doctrina populista de derecha" o "conservadurismo laico". Una clasificación debatible hasta nuestros días.

El siglo 20 conoció varios papas que reaccionaron de manera destacada frente a las amenazas de su época, lo cual sirvió a la Iglesia católica para adaptar sus postulados a un orden mundial cambiante y no rezagarse frente a la penetración de otras religiones. Tal fue el caso de Benedicto XV o El profeta de la paz; Pío XII y su intervención a favor de los judíos frente al holocausto nazi; Juan XXIII, El papa bueno, recordado por el Concilio Vaticano II y sus posturas a favor del desarme nuclear.

Por su parte, Juan Pablo II, primer papa no italiano en más de 450 años, jugó un papel clave en la liberación de Polonia y la caída del muro de Berlín, retomando el papel activo del Vaticano frente a los problemas sociales y políticos contemporáneos, mientras que Benedicto XVI, El papa emérito, da a su pontificado un sesgo dramático con la renuncia voluntaria a su nombramiento, atribulado por los graves problemas y escándalos al interior de la corporación Vaticana.

Esta abdicación le abrió el paso al primer papa de una orden jesuita, con un abierto y marcado compromiso a favor de los pobres (Jorge Mario Bergoglio adopta el nombre de Francisco en honor a San Francisco de Asís, el santo de la pobreza), a favor de la austeridad en el trato con la sociedad y de las reformas moralizantes al interior del Vaticano.

Desde León XIII y Juan XXIII, las encíclicas papales no habían puesto el énfasis en la situación social del mundo, como lo hacen las dos signadas por el papa Francisco en apenas tres años de su pontificado: La Luz de la Fe y Alabado Seas, donde se formulan severos juicios al orden económico y social dominado por el capitalismo contemporáneo, al que denuncia por su afán de riqueza desmedida, el invidualismo posesivo, el lucro y el hedonismo que están generando corrupción, violencia, pobreza, inseguridad, depredación ambiental y desintegración social.

El papa de los pobres llega a México para hablar de los problemas que aquejan a su feligresía, que son los mismos que el resto de los mexicanos: corrupción, inseguridad, desapariciones, explotación de migrantes, pobreza y violencia. No hablará con los padres de los estudiantes de Ayotzinapa ni con las víctimas de la pederastia clerical, lo que hubiese hecho brillar aún más su visita. Pero que dejará huella y una esperanza de cambio verdadero en la conciencia nacional, de eso no hay la menor duda.

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