Antilogia

La guerra non santa mexicana

Un “estado de naturaleza” prolongadamente violento no le sirve a nadie. Ni a la sociedad ni a la economía ni al Estado.

Secuestran, decapitan, queman vivos, suben sus atrocidades a la red, tienen su propio blog, desafían a las autoridades, sus barbaridades dan la vuelta al mundo y aterrorizan a la población civil.

Si usted cree que estamos describiendo las recientes acciones del Estado Islámico (EI) en Siria, donde lo mismo decapitan periodistas que queman vivos a pilotos de aviación, causando indignación internacional, se equivoca.

Estamos relatando acontecimientos que suceden en diversas regiones de México, desde Tamaulipas hasta Guerrero, pasando por Durango, Jalisco y una decena más de entidades donde se han encontrado más de 300 fosas clandestinas en los últimos años, con cuerpos mutilados y quemados, y un inalcanzable récord mundial de injusticia: un 4% de casos resueltos. La impunidad total.

Los yihjadistas de Isis han declarado una guerra santa a los infieles de Occidente. Quienes ejecutan actos de crueldad tendrán una recompensa espiritual: vida eterna al lado del profeta Mahoma.

En cambio, los mexicanos que desaparecen, mutilan, decapitan e incineran a otros mexicanos son milicianos de una guerra non santa. De una guerra tan mundana como incivil, que van a la caza de una recompensa material, no espiritual, aquí y ahora, no en el más allá. Los cruzados musulmanes van tras la gloria celestial. Los cruzados de los cárteles mexicanos van tras el botín material.

Para los terroristas del 11/S que aniquilaron a casi 3 mil personas inocentes en una mañana, la violencia presuntamente los santificó. Para el pozolero de Tijuana que disolvió en tambos de ácido y cal a más de 300 personas durante varios años, la violencia era “una chamba”, “un jale”, un modus vivendi, ante la falta de mejores opciones para mantener a su familia en Guasave, Sinaloa. No buscaba la gloria celestial, sino asegurar la próxima quincena.

El terrorista musulmán busca exterminar al “otro”, al infiel, al blasfemo, al no creyente de El Corán, al corruptor de la civilización de Mahoma. Es una guerra por causas religiosas irreductibles, por diferencias de fe y de dogma. Un “choque de civilizaciones” (Samuel P. Huntington).

El terrorismo sádico de los cárteles autóctonos es más prosaico y profano. Por eso su guerra es non santa. Tiene una motivación y un alimento económico. Es una forma de “crear” y acumular riqueza con el más primitivo expediente del capitalismo salvaje: exterminando al “otro”, donde el otro es el vecino, el familiar, el conocido, el paisano, el connacional, el igual a uno.

¿Cuál es la finalidad de esta guerra non santa, incivilizatoria y regresiva que mantiene postrado y traumado al país? El mismo objetivo que ha tenido la violencia criminal en la historia económica moderna, desde la Inglaterra del siglo XVI hasta el México del siglo XXI: extraer, expoliar y transferir riqueza de un grupo social a otro, de manera rápida e inmediata, con el uso sistemático de la fuerza bruta y el exterminio.

Un “estado de naturaleza” prolongadamente violento no le sirve a nadie. Ni a la sociedad ni a la economía ni al Estado. Una buena forma de empezar a domar el México bárbaro es ponerle rienda y freno con un verdadero sistema anticorrupción y con un rediseño del sistema de seguridad y procuración de justicia. Hoy no se ve voluntad política ni para lo uno ni para lo otro. Solo remedos, fintas y juegos de vencidas. Sin embargo, como advirtió Porfirio Díaz al dejar el poder, el México bronco, una vez despierto, a ver quién lo para.

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