Antilogía

Populismo y "populina"

Hay que distinguir entre populismo y populina. Si el populismo es el régimen político “maligno” que invoca al pueblo como causa y origen de su actuación, la populina sería el antídoto medicinal que busca evitar su propagación.

Desde hace varios días connotados personajes del PRI y del PAN han formado un dueto para advertir sobre los liderazgos y gobiernos populistas irresponsables en nuestro país. Nadie menciona a AMLO como el destinatario de estas advertencias populinas, pero todos ellos dirigen su mirada hacia el líder de Morena. Sobre todo a partir de diversas encuestas que destacan el posicionamiento electoral de este emergente partido de izquierda.

La aplicación profusa de populina ha tenido por efecto traer a debate el tema del populismo y sus reales promotores en el país. ¿Quién o quiénes han sido más irresponsables en el manejo de los recursos públicos o han causado más daño a la economía de los mexicanos y, en ese sentido, son unos auténticos y verdaderos populistas?

Veamos algunos indicadores clave.

Una de las marcas del populismo es el manejo irresponsable de la deuda pública. Los gobiernos de este signo se dedican a endeudar a las futuras generaciones y a hipotecar al país al mejor postor. ¿Qué gobiernos han disparado de manera sucesiva la deuda pública en los últimos 15 años, al pasarla de 2 a 6 billones de pesos? Los gobiernos del PAN de Vicente Fox y Felipe Calderón, y el actual del PRI.

Otro de los emblemas distintivos del populismo es el uso de cuantiosos y crecientes recursos públicos en el combate a la pobreza. Mientras más gasta un gobierno populista en combatir la pobreza, más pobres genera. En los últimos 15 años se ha erogado más en combatir la pobreza que en toda la historia de los programas sociales (a razón de un millón de pesos por cada persona en situación de pobreza extrema), y sin embargo hoy hay 8 millones más de pobres que en el año 2000. Tan solo el gobierno de Felipe Calderón aportó la mitad de esos 8 millones y el actual una cuarta parte.

Un tercer indicador populista es el manejo dispendioso de los ahorros y recursos excedentes que llegan a ingresar en una coyuntura determinada. En 2002 se inició un ciclo largo de precios altos de petróleo en el mundo, el cual concluyó el año pasado, cuando de 100 dólares el barril del crudo mexicano cayó a menos de 40 dólares. Doce años de bonanza petrolera donde ingresaron al país cerca de 800 mil millones de pesos por concepto de excedentes. ¿Dónde quedaron? En la expansión de una burocracia dorada que incrementó en tres veces sus sueldos, prestaciones, bonos y seguros de retiro. La adquisición de un avión presidencial imperial es la cereza de ese pastel dispendioso populista.

El cuarto indicador es el patrimonialismo. Todos los gobiernos populistas sin excepción devienen en sendas cleptocracias patrimonialistas. La vía es el contratismo público. El manejo discrecional y opaco en la asignación de la obra pública es el nutriente cotidiano del populismo. Desde Oceanografía hasta Higa, desde La estela de pus hasta la casa blanca, todas son obras emblemáticas del uso patrimonialista y populista del erario.

Así que la próxima vez que hablen contra el “populismo mesiánico”, los señores del PRIAN deberán tener cuidado de no morderse la lengua, porque el “populismo faraónico” que han practicado en los últimos 15 años no es una amenaza futura, sino una realidad viva. En resumen, la populina no es una medicina, es tan solo un placebo, y puede terminar siendo peor que el populismo como enfermedad.


ricardomonreala@yahoo.com.mx

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