Antilogia

"Juvenicidio"

¿De qué adolecen estos adolescentes? De un entorno social que los valore, los integre y los incorpore a la vida en sociedad.

El término no figura aún en el diccionario, pero sí en la realidad.

La extinción o marginación sistemática, continua y prolongada de un grupo etario de la población, ubicado entre los 13 y los 23 años de edad, recibe el nombre de juvenicidio.

Un ejemplo de ello lo evidenció la edición de ayer de MILENIO Diario, con su nota principal: “Mil adolescentes sicarios, presos”. Son mil adolescentes que en lugar de estar en la escuela, están en la cárcel.

¿De qué adolecen estos adolescentes? De un entorno social que los valore, los integre y los incorpore a la vida en sociedad. Adolecen de educación, de familia, de trabajo, de oportunidades de una vida mejor.

Son mil Ponchis (el sicario de Morelos menor de edad que asesinaba y grababa a sus víctimas como si fuera un evento social o una fiesta de piñata), que constituyen la prueba irrefutable de que en el país las cosas no marchan bien.

La cifra de mil, por supuesto, se queda corta. El año pasado, en el mes de octubre, el Colegio de México organizó el seminario “Violencia en México: Fábrica de Sicarios”. La investigadora Elena Azaola Garrido ubicó en mil 200 la cifra de adolescentes que trabajaron directamente para el crimen organizado realizando labores de sicariato, venta y distribución de drogas, o como halcones o informantes de algún cártel.

Estos mil 200 sicarios menores de edad no están solos. Les siguen 4 mil jóvenes más con esa profesión adquirida en la universidad del barrio marginado, olvidado, degradado: la de sicario, donde las materias que se cursan son robo, secuestro y homicidio.

De los 5 mil jóvenes internos, apuntó la investigadora, 35% enfrentaba cargos por robo con violencia, 22% por el homicidio de una o más personas, 17% por portación de arma, 15% por robo de vehículo, 15% por secuestro, 10% por delincuencia organizada y 10% por delitos contra la salud. En muchos casos, los jóvenes cometieron más de un delito, por eso el porcentaje es superior a 100%.

El perfil del joven sicario es contundente: 47% abandonó su hogar por violencia intrafamiliar, 22% nunca conoció o vivió con su padre, 41% sufrió violencia en su hogar, 43% tiene algún familiar en la cárcel y 14% dijo no confiar en ninguna institución, pariente o autoridad.

Estos adolescentes carecen de oportunidades, pero no de sueños. Todos ellos quieren dejar atrás el infierno de la violencia y la marginación donde han crecido.

Pero con universidades públicas rechazando 90% de la matrícula escolar; con políticas de seguridad que prefieren construir cárceles de alta seguridad para los jóvenes en lugar de más preparatorias y politécnicos; y con políticas económicas y educativas que estimulan la deserción del sistema escolar en lugar de la permanencia de los estudiantes, esos sueños de los adolescentes se convierten en pesadilla para ellos y en una vergüenza para la sociedad llamada juvenicidio.

Cuando ser adolescente marginado se convierte en un riesgo para la vida misma de los jóvenes, el juvenicidio deja de ser un asunto de estadística criminal para convertirse en un tema de juicio público al sistema político que lo incuba. Así lo explica Carles Feixa, investigador español, al estudiar el caso de los adolescentes sicarios mexicanos: “El juvenicidio es la desaparición de la adolescencia como etapa vital, bajo las obligaciones que impone un sistema económico de baja inversión en salud y educación para los menores de edad”.

¿Así o más claro?

ricardomonreala@yahoo.com.mx

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