Antilogia

Corrompiendo la corrupción

Solo hay algo peor que la corrupción. La inacción frente a un colapso inminente.

El país “vivió ayer una de las mayores movilizaciones de su historia. Convocadas en redes sociales por grupos ciudadanos apartidistas, más de un millón y medio de personas se lanzaron a las calles para protestar por el escándalo de corrupción en la principal empresa petrolera nacional, así como por la recesión, la inflación y la devaluación de la moneda”.

No se preocupe. Si usted cree que es la crónica de una manifestación finsemanera en México se equivoca; corresponde a Brasil.

Más que preocuparse hay que ocuparse, porque el tema de la corrupción en la política está moviendo a los ciudadanos en España (Podemos), Brasil y Venezuela. Y está tirando funcionarios lo mismo en el gobierno del Distrito Federal (el secretario de Obras Públicas) que en China, Japón, Nueva Zelanda y Chile (el hijo de la presidenta Michelle Bachelet).

Sin temor a equivocarnos, la corrupción es la raíz de los problemas que padecemos aquí y ahora: la violencia, la inseguridad y la desconfianza, que lo mismo mina a los consumidores que corroe a los electores.

En los últimos días el diagnóstico de cineastas, artistas, escritores y periodistas ha sido contundente. Desde González Iñárritu (“El Estado es la corrupción”), Alfonso Cuarón y Guillermo del Toro, hasta Fernando del Paso, Javier Sicilia, Felipe Ehrenberg, Margo Glantz, Yuri Herrera, Daniel Lezama, lo mismo que Carmen Aristegui, Lorenzo Meyer, Denise Dresser, Sergio Aguayo y organizaciones civiles como Transparencia Internacional, Transparencia México, México Evalúa, Observatorio Ciudadano e IMCO, entre otros.

Estos testimonios recuerdan aquel de 1920 de la filósofa ruso-americana Ayn Rand, cuando huyó de los estragos de la corrupción del Estado ruso: “Cuando te das cuenta que para producir necesitas obtener autorización de quien no produce nada. Cuando compruebas que el dinero es para quien negocia, no con bienes, sino con favores. Cuando te das cuenta que muchos son ricos por sobornos e influencia, más que por el trabajo, y que las leyes no nos protegen de ellos, más por el contrario, son ellos los que están protegidos. Cuando te das cuenta que la corrupción es recompensada y la honestidad se convierte en autosacrificio. Entonces podría afirmar, sin temor a equivocarme, que tu sociedad está condenada al colapso”.

En ese ánimo y en esa ruta parecen estar metidos países como México, Brasil y España, donde la corrupción está produciendo desánimo social y hartazgo ciudadano, pero también una reacción política y electoral que deberán tomar en cuenta los gobiernos involucrados.

¿Qué hacer? No hay una receta mágica, pero sí prácticas y experiencias institucionales que pueden tomarse como referentes. Sobre todo los países considerados menos corruptos (Dinamarca, Finlandia, Nueva Zelanda, Suecia, Noruega y Suiza).

Ellos hicieron algo que podría llamarse “corrompiendo la corrupción”, es decir, invirtieron la lógica disruptiva y destructiva que alimenta a la bestia. Por ejemplo, a la concentración piramidal del poder, la descentralización reticular ciudadana. A la discrecionalidad, la transparencia y rendición de cuentas. Al control autoritario, un sistema de contrapesos, donde el periodismo independiente, como el de Carmen Aristegui, es fundamental. Al cinismo social, el civismo de la “tolerancia cero”. A la impunidad sistémica, el castigo sistemático en las urnas.

Solo hay algo peor que la corrupción. La inacción frente a un colapso inminente.

ricardomonreala@yahoo.com.mx

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