El trabajo infantil

Uno de los crímenes más aborrecibles es la explotación de la niñez; cuyas expresiones más vergonzantes son los trabajos insalubres, peligrosos o con jornadas extenuantes a cambio de míseros salarios; y en el extremo de la maldad la trata de menores con fines sexuales, y su uso como sicarios o niños soldados. 

Sin embargo, no todo el trabajo infantil es delictivo.

Es cierto, no existen argumentos para justificar el trabajo de los niños; pero la realidad se impone implacablemente: en México, como en otros países, la pobreza obliga a laborar a millones de niños.

Si no se considera eso, la única solución es la prohibición absoluta; pero eso no remediará la causa real y sí aumentará el empleo clandestino y la indefensión de los menores.   

Es un deber ético y una responsabilidad social velar por el bienestar de la niñez; en pro de esa finalidad han de adecuarse a nuestra realidad socioeconómica los tratados y recomendaciones derivados de La Declaración de los Derechos de los Niños y El Programa para la Erradicación del Trabajo Infantil; pero ha de hacerse cuidando de no satanizar todas las labores que pueden hacer los menores a una edad apropiada. 

Algunos organismos internacionales diferencian los trabajos; así  prohíben que los menores participen en labores peligrosas, insalubres o inmorales; pero aceptan que por necesidad puedan trabajar fuera del horario escolar, en labores sencillas, en lugares seguros, con jornadas mínimas, vacaciones y días de asueto para que sufraguen sus gastos o ayuden a sus familias, sin el sacrificio de sus derechos al desarrollo sano, la educación y recreación.

Así, pues, lo reprobable es privar a los niños de su libertad, dignidad, felicidad  y potencial de desarrollo, para combatirlo es indispensable la reducción de la miseria y la regulación humanista y razonable del trabajo de los menores de edad.