Los ríos mexicanos

Las naciones desarrolladas asumen la gravedad y la urgencia de sus problemas y los resuelven pasando sobre los intereses económicos y políticos. Los pueblos que no actúan así; y toleran que sus gobiernos simulen soluciones están sumidos en la pobreza y la enfermedad. Desagraciadamente, México sigue presentando tratados internacionales y leyes que por su inaplicabilidad sólo maquillan los problemas.La contaminación de mares y ríos, la deforestación y el agotamiento de los campos de cultivo son las grandes amenazas a nuestra viabilidad como país y a la vida misma. Sin embargo, ninguno actuamos con el sentido de urgencia que la situación demanda. Pareciera que nos hubiéramos puesto de acuerdo para hacer como que no existen, o que se resuelven con acciones mediáticas. La contaminación es constante y nada sabemos de castigos reales ni de medidas de remediación efectivas. Todo se olvida, como el derramamiento de petróleo que hubo en el 2010 en el Golfo de México. Ahora, el país sufre catástrofes ambientales en varios ríos. En Sonora una mina propiedad del Grupo México, derramó 40,000 metros cúbicos de contaminantes en los ríos Bacanuchi y Sonora, dañando gravemente los mantos acuíferos y a varios municipios.   El daño trasciende los límites de los estados afectados por el deterioro o muerte de los escasos ríos sanos que tenemos. Para dar una idea aproximada me remito al artículo de Samuel Schmidt, publicado en Foreing Affairs, Latinoamérica, en 2012.  Schmidt dice que las guerras en el futuro serán por agua. En  México ya hay conflictos graves entre Nuevo León y Tamaulipas y en el Valle del Yaqui en Sonora.  Con presas y acueductos se ha llevado agua a las ciudades pero se han olvidado la agricultura y el equilibrio ambiental de las regiones abastecedoras. El 95 % de los ríos mexicanos están muertos por su alta contaminación. En la mayoría de los ríos se descargan millones de toneladas de contaminantes generados por la industria química, petrolera, metalúrgica, papelera, textilera, alimentaria y agropecuaria; y por los drenajes domésticos.  Ante ese panorama, es urgente considerar que si no queremos vivir las consecuencias  apocalípticas de la destrucción de los ecosistemas,  tenemos que ir más allá de la aprobación de acuerdos internacionales y leyes extralógicas; y aplicar con rigurosa imparcialidad las leyes existentes para que los procesos productivos sean auténticamente sustentables y se castigue con severidad a quienes dañen el medio ambiente sin importar.