La inmoralidad en los impuestos

La caída de la economía provocada por causas internas y externas ha obligado al gobierno a reducir los gastos. Es sintomático de la decadencia moral que padecemos que la discusión del gasto público haya generado mayor polémica que la determinación de las contribuciones.

Los estados y las instituciones gubernamentales pelearon denodadamente para sufrir las reducciones mínimas; por eso se aumentaron artificialmente los ingresos presupuestados.

Sin embargo, nadie se levantó en defensa del pueblo ordinario que con su trabajo y a costa de su bienestar paga impuestos.El gobierno festina los indicadores macroeconómicos y que gracias a la reforma hacendaria se cubre el faltante causado por el descenso del precio del petróleo.

Pero nada dice del fracaso en la reducción de la pobreza, de la competencia laboral centrada en bajos salarios y la agobiante situación de los medianos y pequeños causantes cautivos.Ahora que la sociedad civil ha emprendido la tarea de transformar las relaciones entre el Estado y los gobernantes, es oportuno exigir que en la mesa del dialogo público se discuta la fundamentación ética, económica y jurídica que debería de observarse en la determinación de las contribuciones.

En los regímenes dictatoriales existen súbditos y no ciudadanos. Los súbditos pagan impuestos sólo porque el gobernante lo exige; pero en los regímenes democráticos los ciudadanos tienen pleno derecho a intervenir en la discusión, aprobación y destino de las contribuciones.Si la obligación tributaria se justifica en la fuerza del Estado para imponer y cobrar impuestos desaparece la distinción ética entre impuestos y extorsiones.

También desaparece si se destina al enriquecimiento de los gobernantes. Las contribuciones deben tener un fundamento ético basado en las posibilidades y necesidades reales de la población, y no en los beneficios de la nomenclatura mexicana.