La guerra y el arte

Los ataques de Trump a Siria y Afganistán y sus amenazas a Corea del Norte encendieron la alarma, no de una tercera guerra mundial, en la cual, según los enterados, ya estamos inmersos, sino de una guerra nuclear total.

Es evidente que los periodos de paz mundial han sido esporádicos y breves. Siempre han existido conflagraciones. Por eso se considera a la guerra como una actividad inherente a la condición humana.

Al finalizar el bipolarismo de EEUU y Rusia se derrumbaron los regímenes totalitarios, se agudizaron las luchas por el petróleo, el terrorismo internacional y la ofensiva para imponer la globalización de la economía occidental.

Lo anterior, agravado por creencias religiosas y nacionalismos rudimentarios, las compañías militares privadas, el narcotráfico y la corrupción gubernamental, ha generado tanta inestabilidad que son raros los países en paz.

El creciente número de guerras de baja intensidad, pero terriblemente mortíferas remiten a las guerras privadas que emprendían los señores feudales para expandir sus heredades.

Ahora, los autores de las guerras no tienen como objetivo ganarlas, sino mantenerlas para obtener beneficios particulares a partir de la violencia que propician.

En México es pertinente reflexionar sobre este tema porque el combate a la delincuencia, por su crueldad y proporciones, se equipara a una revolución interna de baja intensidad, atizada por indescifrables intenciones extranjeras.

En las pinturas de Milenio en el Arte, hay una titulada: El fin, en la que sobre el fondo azul y frio domina el tronco de un árbol seco dramáticamente teñido de rojo. Para algunos es un presagio ominoso; para muchos la atroz realidad de sus vidas.

Aristóteles dijo: “La única justificación ética de la guerra es que sea un medio para conseguir la paz”. La humanidad reclama un alivio a su dolor.