¿Qué gobierno merecemos?

El cineasta González Iñárritu al recibir el Oscar, dijo: “Ruego que podamos construir el gobierno que merecemos”.

La frase ha calado hondo en el gobierno y para la mayoría se ha convertido en una verdad sintética y contundente, porque da entender que somos un pueblo con grandes valores y con malos gobernantes.

Sin embargo, frases como esa son ciertas sólo en parte y finalmente tienen dos efectos negativos: bloquean el análisis objetivo y la deliberación crítica; y son útiles para culpar a los otros, evadiendo la propia censura. Hemos olvidado que para conocer y juzgar la realidad es necesario observar, leer y reflexionar.

Sin esos elementos es imposible la formación del criterio; sin ellos habremos de conformarnos, como ya lo hacemos, con tener una percepción defectuosa de la realidad y que nuestros juicios y opiniones sean la repetición de las frases hechas manejadas con ingenio y difundidas por todos los medios.

De esa manera, las teorías sociales y políticas han sido suplantadas por las frases hechas, por los eslóganes y cuentecillos políticos de absoluta trivialidad; y los ideólogos por la mercadotecnia y los usuarios de las redes sociales que construyen frases para cada ocasión.

Así la política ha devenido en una lucha de locuciones y chistes banales que sofocan a las ideas, los debates racionales y  los artículos de opinión.  Por otra parte, así como las frases hechas distorsionan la percepción de la realidad, también nos hacen creer que los políticos y gobernantes son una clase de seres distinta a los ciudadanos; y, sobre todo que sólo ellos son los culpables de todos los males; en tanto que la sociedad civil es un colectivo de virtud acrisolada.

Desafortunadamente la realidad es otra, se puede afirmar que el gobierno es un reflejo de los vicios y defectos de los ciudadanos: en ambos bandos campean la ineficiencia, la corrupción y la sed de riquezas.

Si fuéramos capaces de enfrentar esas circunstancias veríamos con claridad que para cambiar al gobierno es necesaria la transformación personal. Siguiendo el discurso de José Ortega y Gasset, diremos que para el desarrollo integral no bastan las mejores políticas públicas, es imprescindible una labor profunda que despierte en todos un apetito por el perfeccionamiento moral y cívico.

El camino individual para cambiar la realidad social es afinar nuestro el lenguaje porque es la manifestación del raciocinio, la capacidad y visión de las personas; y, desde luego, conducir nuestras relaciones familiares, sociales y de trabajo con honestidad y responsabilidad social. En síntesis, necesitamos conocernos y modificar nuestra conducta; y a partir de ahí saber qué gobierno queremos y cómo construirlo. 


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