La crisis del estado y la sociedad civil

La sobrecogedora tragedia de Ayotzinapa detonó la crisis gubernamental, las acciones directas y la violencia anarquista; pero también las protestas pacíficas y los señalamientos internacionales. La virulencia con que se ha extendido el conflicto sólo se explica por el justificado y profundo resentimiento social en contra de las autoridades y de los beneficiarios del poder público. Los motivos que tiene la mayoría para renegar del sistema son reales y evidentes: ahí están la marginación y la acumulación de riqueza. Esas motivaciones se han desarrollado durante la historia reciente; pero se agudizaron a partir de los años 80 en que se abandonó la política social distributiva y se privilegiaron el capitalismo desbocado y la avaricia en los sectores público y privado.La esperanza de que el injusto sistema político se transformara pacífica y ordenadamente en un régimen humanista, se cifró en la democracia electoral y la alternancia. Sin embargo, los dos periodos panistas, sólo fueron un cambio de gobernantes pero no un cambio de sistema. Así se puede afirmar que la continuidad neoliberal y la corrupción no se han roto hasta la fecha.Pero la población sí ha evolucionando hacia la formación de una sociedad civil que se sabe actora de las relaciones y actividades que dan vida y nutren al Estado; por lo tanto reclama el respeto a sus derechos y los opone a los gobernantes y, en su caso, al sistema mismo. Pero la sociedad civil no es una unidad orgánica que comulgue con el mismo objetivo y con iguales métodos para alcanzarlo.La sociedad está conformada por diversos colectivos configurados por sus condiciones y posiciones socioeconómicas, políticas y religiosas; con sus propias formas de pensar, intereses y objetivos. En esa multiplicidad, de acuerdo con Hegel, la finalidad del Estado es construir la unidad política resolviendo y articulando las diferencias sin anular los modos particulares de cada grupo.  Pero el Estado es un ente virtual que se manifiesta y actúa a través del gobierno y los ciudadanos, por eso la sanación de la crisis es responsabilidad de ambos. Los gobernantes deberían de adelgazar de inmediato al gobierno, impulsar el desarrollo equitativo e impartir justicia sin distinciones. En tanto los ciudadanos que deseamos un cambio ordenado y pacífico para que haya un gobierno honesto y eficaz, así como el justo acceso a los bienes debemos evitar la crispación social y el enfrentamiento de clases; y encontrar la manera de construir de manera organizada una sociedad civil que respete las diferencias, haga realidad la movilidad social y que en su seno se conciban y desarrollen los gobernantes del futuro: hombres y mujeres capaces y austeros y sólo comprometidos con la obtención del bienestar público temporal.