El TLCAN y la Reforma Energética

El 1º  de enero de 1994 entró en vigor el Tratado de Libre Comercio de América del Norte. Se celebró ofreciendo expectativas similares a la actual Reforma Energética, por lo que es pertinente revisarlo para valorar a la luz de la Historia sus objetivos y resultados; y, así, prevenir los peligros de la Reforma Energética.En ese ejercicio es importante recordar que Octavio Paz, en El Laberinto de la Soledad, refiere que la Independencia se inició para protestar contra los abusos de la Metrópoli y la alta burocracia española, pero sobre todo contra los grandes latifundistas nativos; y, la Revolución, por la profunda discordia de la mayoría indigente en contra de la casta privilegiada que medraba al amparo de formas culturales y jurídicas. Octavio Paz, respecto al sistema político actual, dice que el imperialismo nos impidió acceder a la normalidad histórica porque las clases dirigentes de México tienen como misión colaborar como administradoras o asociadas de poderes extraños; y advierte que los  banqueros e intermediarios pueden apoderarse del Estado y convertir al gobierno en la expresión de sus intereses. Ahora, bien, los objetivos del TLCAN fueron liberar el comercio, promover la competencia justa, incrementar la inversión, proteger la propiedad intelectual y fomentar la cooperación entre los tres países. El propósito final era, según Carlos Salinas, el crecimiento económico, la creación de empleos con mejores salarios, la reducción de la pobreza y la emigración. Gerardo Esquivel, economista e investigador de El Colegio de México, dice que pese al aumento en el comercio y la inversión, el Tratado no ha  contribuido al crecimiento económico, a cerrar la brecha entre los países socios, a mejorar los salarios ni a reducir la pobreza y la emigración. Para el sector industrial el TLCAN se quedó a medias en su objetivo de exportar para crecer y generar empleos; y señala como una de las causas la desintegración de las cadenas productivas y la desnacionalización de la planta industrial.Veinte años después del Tratado, la Reforma Energética promete el desarrollo económico, la generación de empleos mejor pagados, la reducción de precios y el abatimiento de la pobreza y la emigración. Todo como antaño, gracias a la participación extranjera en la explotación de los recursos naturales. El peligro es eminente, las empresas globales y sus intermediarios, apoyados por la corrupción, pueden apoderarse del Estado y convertir al gobierno en la expresión de sus intereses.