Nomenklatura mexicana

Dice una fábula: Si echamos una rana en una cubeta con agua fría y la calentamos no se percatará del calentamiento y morirá. La moraleja enseña que no advertimos el peligro hasta que es inevitable. Eso está pasando, la corrupción mina la gobernabilidad y la moral colectiva sin que hagamos algo efectivo para combatirla.

Los gobiernos atacan de manera parcial e interesada sólo los efectos sin desentrañar la trama de complicidades que necesariamente se tejen para realizar las descomunales y desvergonzadas malversaciones actuales que sólo son realizables a través de la organización y funcionamiento de una nomenklatura mexicana.

La palabra nomenklatura deriva del latín y significa lista de nombres. En la extinta Unión Soviética se usó como el concepto que definía a la élite del Partido Comunista encargada del gobierno, la administración, la educación, la producción industrial y agrícola y del control social; y abusando del poder obtenía grandes privilegios derivados de la ejecución de sus funciones.

La nomenklatura rusa fue posible por la existencia de un partido único que dirigía todo el aparato estatal en el que los ascensos en la estructura dependían del favor del jefe inmediato, originándose así el clientelismo: los funcionarios obtenían la lealtad de los beneficiados con nombramientos y luego intercambiaban favores entre ellos.

Me parece que el Estado mexicano ha funcionado como una nomenklatura. Con Díaz fue la oligarquía transformada en plutocracia; de Calles a Zedillo el predominio del partido de gobierno, y desde Fox hasta la fecha el grosero comensalismo de los partidos, los funcionarios y los intelectuales y empresarios orgánicos que comparten privilegios y sólo luchan para no perderlos.

Los fraudes inmensos no pueden atribuirse sólo a los gobernadores: se han cometido con la complicidad de las élites gobernantes, partidistas, bancarias y empresariales.