México, Venezuela y el Tratado de Westfalia

El pueblo venezolano merece el apoyo para resolver satisfactoriamente sus calamidades; pero dicho apoyo debe darse en las organizaciones internacionales.

Por eso es conveniente analizar los pronunciamientos de México en contra de Maduro.

Prevalece la opinión entre funcionarios federales, destacados intelectuales, analistas políticos y grupos conservadores, que México debería insistir en la terminación del gobierno de Venezuela.

Ellos argumentan que no se anteponga la Doctrina Estrada como impedimento para que los Estados fuercen a Maduro a respetar la democracia.

La Doctrina Estrada, consagrada en la Constitución mexicana, establece la autodeterminación de los pueblos para elegir o destituir a sus gobiernos; y la no intervención en los asuntos internos de los Estados.

En el fondo, mediante esa Doctrina, México adoptó los principios del Tratado de Paz de Westfalia, celebrado en 1648 para terminar con 25 años de guerras europeas e instaurar un nuevo orden internacional.

Las guerras fueron porque el papado y los emperadores católicos querían mantener el catolicismo como religión única y preservar su dominio político; y los protestantes luchaban por su independencia política y libertad religiosa.

Con esos antecedentes, la Paz de Westfalia instauró el Nuevo Orden Internacional fundamentado en la soberanía de los Estados y, por lo tanto, en la igualdad entre ellos y la libertad de decidir su sistema político y confesión religiosa.

El mantenimiento de la paz y la igualdad entre las naciones es el fundamento de la no intervención. Por eso siempre ha sido reprobable la política intervencionista de las grandes potencias.

Es, pues, pertinente preguntar: ¿Qué persiguen quienes insisten en que México se pronuncie en contra de Maduro: apoyar el intervencionismo de los EEUU; identificar a López Obrador con Maduro; promover a Videgaray; o distraernos de los problemas nacionales?