La Ley ante la moral

Los males endémicos de México son la voracidad insaciable de ganancias rápidas, aun ilícitas, y las ansias de poder. En esa mancuerna perniciosa se desarrollan la corrupción y la impunidad: como la Hidra de cien cabezas a la que cuando se le corta una de inmediato le brota otra más ávida y dañina.En el pasado reciente, sin indagar las causas históricas y sociológicas, se señalaba al PRI como el único gran culpable de esa situación; y se promovió  como remedio la democracia electoral, sosteniendo que el fortalecimiento de los partidos de oposición y sus triunfos políticos haría que los vencedores exigieran cuentas a sus predecesores y eso traería como consecuencia la honestidad y la eficiencia en el ejercicio de gobierno.Ahora que ya vivimos elecciones libres y la alternancia de los partidos en el gobierno, la pureza de propósitos y la honestidad ideológica y económica  del PAN  y de los pocos partidos de izquierda no oportunistas se han desvanecido en los laberintos del dinero y el poder. Reina ahora una mezcla de credos y métodos políticos sin rasgos distintivos; pero todos dominados por la ambición de las ganancias inmediatas. La gran paradoja es que lo planteado y sus consecuencias se legitiman en leyes  válidas y obligatorias, como por ejemplo: la legislación electoral con el financiamiento a los partidos y la preeminencia de sus autoridades; las normas que establecen el número inmenso de regidores y síndicos, diputados y senadores; los sueldos y prestaciones de la nomenclatura gubernamental y las que facilitan las licitaciones predeterminadas. Todo eso es ofensivo en medio de la necesidad nacional. Sin embargo, la validez jurídica de esas leyes choca con la validez moral. Entendida, esta, como la ciencia de las normas internas que dirigen los actos del hombre hacia el bien público temporal. La fuente de las normas morales es el fuero interno pero se exteriorizan en la conducta, en las relaciones humanas; y aunque no son obligatorias ejercen una gran presión ante el poder público porque  los gobernantes necesitan, cada vez más, la aprobación social.Por eso, ante la desilusionante actuación de los partidos, los ciudadanos debemos  participar activamente en las organizaciones sociales para que, con conocimiento de causa y trabajo comunitario, podamos aprobar o reprochar las acciones de gobierno y la calificación tenga el peso moral y social suficiente para provocar los cambios que el país demanda.