Gobierno y poderes reales

La conmemoración del 101 aniversario de la Constitución y las condiciones nacionales son un motivo para reflexionar acerca de nuestro régimen político y los poderes subyacentes.

Paradójicamente, a pesar de que poco se respetan las leyes, siempre se ha pretendido alcanzar el desarrollo y la justicia social a fuerza de normas constitucionales.

Después de la independencia la fascinación por el progreso de los EEUU movió a los federalistas a seguir los pasos de la Constitución Norteamericana. Y esa ha sido la constante, ante los problemas la primera, y a veces la única, reacción es reformar la Constitución.

Esa respuesta parece agotada. Por eso las reformas y nuevas leyes que se plantean como urgentes no logran convencer de su efectividad para resolver los problemas de seguridad, corrupción, impunidad y desigualdad.

Es necesario aceptar que ninguna ley va a remediar la situación, hasta que haya una trasformación evolutiva individual y social que conduzca a la celebración de un nuevo pacto social.

La transformación es forzosa porque existen poderes reales intangibles o invisibles que imponen las decisiones trascendentales y reducen a la democracia a una mera pugna electoral.

Esos poderes que privan a la democracia de la fuerza transformadora que puede tener, son las élites económicas, los grandes capos de la delincuencia, y la población masificada.

Las élites compiten por imponer su doctrina social y económica. El poder invisible de los grandes cárteles hace presumir que al lado del Estado formal y visible existe otro invisible.

El pueblo llano usa el poder de su fuerza numérica para manifestar su resentimiento, pero con pocas propuestas factibles y eficaces.

Deberíamos alejarnos del formalismo y deliberar acerca de un nuevo proyecto de nación que privilegie la justicia distributiva compatible con la teoría y práctica de la social democracia.