Días aciagos

Una onda de tragedias y desolación viste de luto al mundo y hace incierto el futuro. Pero a la vez que nos hace sentir el dolor de la indefensión y la orfandad compartidas, despierta sentimientos de hermandad.

La Organización de las Naciones Unidas se fundó con el alto propósito de alcanzar la Paz Mundial y no volviera a repetirse una guerra total. Ese anhelo ha sido irrealizable; las guerras limitadas van y vienen de manera incesante.

Pero, ahora, ha vuelto la amenaza de una conflagración mundial por la conjunción de las guerras y el terrorismo internacional del Estado Islámico en contra de la cultura occidental; la beligerancia de Corea del Norte y el comportamiento irreflexivo y atrabiliario de Trump.

La humanidad sufre los infames ataques de limpieza étnica: acciones violentas que lleva a cabo la población dominante de un país para expulsar de su territorio o asesinar a una minoría distinta por su raza o religión.

La naturaleza también se ha ensañado. Las catástrofes se generalizan y son cada vez más frecuentes y fuertes. Las guerras, la migración forzada y los desastres generan una secuela de muerte, hambre, enfermedad y destrucción.

México, tristemente, está inmerso en esa onda funesta. Los malos gobiernos troncharon la paz, convirtieron al país en el escenario sangriento de la guerra contra el narcotráfico y permitieron el predominio de la criminalidad.

Hoy se suman a las calamidades provocadas por los hombres, las catástrofes naturales. Las inundaciones y los terremotos han asolado a una gran parte de la república generando una larga y dolorosa lamentación.

Pero en medio de nuestra tragedia ha vuelto a brotar la virtud de la caridad que nos enseña a amar al prójimo como a nosotros mismos; y con ella la esperanza de que podamos construir un país mejor.