Itinerario político

Gasolina, ¡detonante para engañar idiotas!

Hace 25 años, cuando Carlos Salinas propuso el TLC, ocurrió lo que hoy: legiones de idiotas acusaron al entonces presidente de traición a la patria. Satán se tragaría a las empresas mexicanas, decías.

Hoy, todos defienden en México el TLC y —paradojas del acierto— el presidente Trump lo quiere destruir. ¿Quién se equivocó y quién tuvo razón?

Hace 18 años, cuando Ernesto Zedillo pactó con Clinton el salvamento de la economía mexicana, luego del “error de diciembre”, la misma legión de idiotas pidió su cabeza. Zedillo entregó el petróleo al imperio, dijeron.

El tiempo demostró que Zedillo hizo lo correcto y que fue uno de los grandes presidentes mexicanos. ¿Quién se equivocó y quién tuvo razón?

Hace ocho años, cuando Felipe Calderón decretó la desaparición del SME —cuyo costo era insostenible—, la misma legión de idiotas crucificó al presidente y lo acusó de enemigo del pueblo. Hoy Calderón es otro de los grandes presidentes mexicanos, a pesar del cuento de “la guerra” contra el crimen. ¿Quién se equivocó y quién tuvo razón?

Hoy, la misma legíon de idiotas que por 25 años intentó llevar a México por el camino de Cuba y Venezuela —y que sin pudor miente desde La Jornada, Proceso y otros medios— usa la gasolina como detonante para engañar incautos, ingenuos, ignorantes y tontos.

Y es que si bien el incremento en el precio de la gasolina significa un primer golpe a la economía de todos —por los efectos inflacionarios del fin del subsidio y la liberalización del precio—, también es cierto que luego del primer golpe —y una vez que el mercado estabilice precios, según oferta y demanda—, los beneficios serán claros, sobre todo para los que menos tienen. ¿Por qué?

Porque solo pagará el costo de la gasolina el bolsillo de los millones de propietarios de autos —muchos de lujo— y no el impuesto de todos, sobre todo el impuesto de los que menos tienen. Hoy, el impuesto de todos subsidia la gasolina barata, que no beneficia a los pobres, sino a clases medias y a los ricos. Es decir, el dinero que debía servir para programas sociales subsidia gasolina a pudientes.

El gran cambio que propone el fin del subsidio a la gasolina y el diésel es una formidable “vuelta de tuerca” que permite hablar —por primera vez en la historia mexicana— de un mercado de gasolinas que refleja el costo real de producción, almacén, transporte y distribución y no de un subsidio que —con fines políticos o tributarios— mantiene el precio bajo, de manera artificial.

Lo ridículo es que cuando un gobierno muestra agallas de promover un cambio de esa trascedencia, políticos y partidos opositores confirmen su enanismo.

Y peor aquellos que con miserables fines electoreros engañan con el cuento del gasolinazo.

La legión de idiotas puede engañar a muchos por 25 años, pero no engañará a todos para siempre.

Al tiempo.

Aquí nos leemos el domingo próximo, para retomar las entregas de domingo a viernes. ¡Feliz año!