Opinión

El INE, ¿más de lo mismo?

Una de las instituciones que más credibilidad generó entre los ciudadanos fue el Instituto Federal Electoral (IFE), el cual es resultado de la reforma política de 1988 que tuvo como finalidad legitimar al gobierno de Carlos Salinas de Gortari, quien llegó a la Presidencia de la República en una elección cuestionada.

En 1990 inicia actividades, aún presidido por el secretario de Gobernación. En esta etapa las expresiones políticas se diversificaron, la oposición comenzaba a ganar espacios en gobiernos municipales y locales. El Revolucionario Institucional todavía hegemónico, comenzaba a ceder espacios. Fueron las "concertacesiones" el inicio de una democratización forzada desde Los Pinos.

En 1994 es cuando comienza el proceso de ciudadanización del IFE y es así como lo conocimos hasta hace unos días. Los consejeros electorales pronto alcanzaron credibilidad, la que logró obtener su máximo reconocimiento con el proceso electoral del 2000 donde el PRI pierde la Presidencia de la República en una elección sin cuestionamientos ni conflictos postelectorales. La percepción positiva del instituto entre la ciudadanía superaba a instituciones como los partidos políticos, y los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial.

Sin embargo, su actuar durante el proceso electoral de 2006 pondría en duda su papel de organismo imparcial que debía garantizar elecciones libres y confiables. El principal cuestionamiento fue al abuso de los partidos en la contratación de tiempos de radio y televisión con fines proselitistas. La democracia mexicana y los electores fueron víctimas del poder de los medios

En 2012, la elección estuvo repleta de cuestionamientos al árbitro electoral por su incapacidad para garantizar equidad en la contienda. El resultado fue la pérdida total de confianza en el IFE y sus consejeros por los partidos y principalmente por aquellos a quienes se debían, la ciudadanía.

La reforma política resultado del Pacto por México y que da nacimiento al nuevo organismo electoral ha dejado más dudas que certezas sobre su viabilidad y el mismo nombramiento de los consejeros así como el método para elegirlos, que al final dejó en manos de los partidos políticos su designación de facto.

El reto del Instituto Nacional Electoral (INE) es más trascendente de lo que parece. Primero que nada debe ganarse la credibilidad de la ciudadanía y ser un órgano autónomo cuyas decisiones no se vean influenciadas por los partidos políticos, así como aplicar los principios rectores de certeza, legalidad, independencia, imparcialidad y objetividad.

Hasta hoy solo vemos un cambio de siglas y esperamos que el INE no sea como decimos los mexicanos: "la misma gata pero revolcada".