Muy franco

Ilusión nacional: pues… casi

Aunque quiera, Olallo no puede poner todo de un mismo lado  y culpar a Salinas de Gortari.

Creo que a la mitad de su documental Ilusión nacional, Olallo Rubio sintió un golpe de timón: no todo era malo con la selección mexicana. Tenía que poner las dos caras de la moneda, sencillamente porque el último gran trofeo internacional, la medalla de oro olímpica, es nuestro.

Tal vez ahí Olallo se dio cuenta  de que la política y el embuste al final se rinden cuando entran más goles en la portería contraria. Y México, como todos, ha vivido las dos caras de la moneda: el fracaso y el triunfo.

Esto le da, por fin a una de sus películas, lo antes impensable: balance. Aunque quiera, Olallo no puede poner todo de un mismo lado y culpar a Salinas de Gortari.

Esto hace entretenido su documental, basado enteramente en ediciones y voz en off. Un trabajo bueno de recopilación y bueno de edición. A veces emocionante, a veces aburrido. Poco profundo, con lagunas imperdonables como las eliminaciones en Haití y Honduras, el subcampeonato en la Copa América de 1993, el triunfo en la Copa Confederaciones contra Brasil en 1999 y el tercer lugar de la Selección Sub 20 en Colombia 2011.

Con equivocaciones como decir que “el catalizador” de México 86, Argentina, fue nuestro verdugo en Alemania 2006; mentira, Brasil sí fue “catalizador” de la derrota mexicana en México 70, pero a Argentina no nos cansamos de abuchearlo en 1986, sin importarnos las quejas de Maradona. Esta teoría parece tomada de la película Maradona by Kusturica, y tal vez por esa “desviación de aficionado”, Olallo nos aburre enfocándose en Maradona y olvidándose de Pelé. ¿Pero cómo culparlo? En 1986, el cineasta era un niñete de 11 años y en 1970 no era ni un espermatozoide en el testículo de su papá.

Por último, hay que hacer que la selección nacional vea esta película antes del Mundial de Brasil. Porque está inspiradora. Y porque en algo Olallo acierta: ya casi nadie se acuerda de que hubo un pasado y de dónde venimos. Y así, por eso mismo, nadie parece saber adónde vamos.   

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