Muy franco

Caitlyn Jenner

No se confundan, lo de Caitlyn Jenner no es un fenómeno social, es un fenómeno de medios. Porque una cosa es ser transexual, transgénero o transa y otra es hacer de ello un negocio. Lo de Caitlyn Jenner y sus asesoras, las Kardashian, es lo segundo.

El verdadero fenómeno cultural es la necesidad de consumo, el vacío de la vida propia, la terquedad de ver una tras otra telenovela necesitada de dramas y confrontaciones. Porque hombres y mujeres que se visten como del otro sexo, que se modifican los genitales, los glúteos y los senos con cirugía abundan. Si no lo creen, abran las páginas porno en internet, o entren a las cada vez más prolíficas páginas de sexoservidor@s que abundan en este país. Personas con historias más locas y profundas que las de este ex medallista olímpico que ahora ha decidido ser vieja. Y no soy despectivo, solo descriptivo. Porque joven no es.

Quién sabe. Tal vez ayude esta herejía de haber sido el héroe all american con la vida y la dentadura perfectas; tal vez los conservadores de Texas lo pusieron de ejemplo con sus hijos y ahora ya no saben con qué mazorca tragarse sus palabras. O será tal vez que el pleito entre Obama y los conservadores hace que cada vez la distancia entre la moral y las buenas costumbres se ensanche más con las nuevas costumbres.

Que no son nuevas, ¿eh? Transpersonas hay desde el inicio de la cultura, y la necesidad de muchos de explorar sus lados femeninos y masculinos se ha manifestado en las artes y se ha escondido en las pantaletas que muchos señores de traje llevan al trabajo desde que la vida es vida.

Pero Caitlyn Jenner. Bueno, pues “ella” y las Kardashian han descubierto, mejor que nadie, qué hacer con el ocio, la perversión y la cobardía de una sociedad que prefiere verse en ese espejo antes que atreverse a sacar sus miserias al sol. Ese es el servicio negro que estas mujeres y ahora su nueva “madrastra” le dan al mundo: explorar su lado oscuro sin salir de casa, sin correr el riesgo, sin dejar de ser un saco de patatas en un sillón, con una tableta en la mano y un control remoto en la otra. Por eso cobran. Y cobran bien.

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